Muchas personas tienen padres divorciados; las razones son varias y las reacciones de los hijos generalmente son pesimistas e inclusive dramáticas ante este suceso que se da en la familia, porque para algunos es más difícil aceptarlo.
Entre los varios motivos por los que se da el divorcio aparece la infidelidad o el simple hecho de que se acabó el amor. Tratar de contradecir esta decisión no es conveniente, pues sería peor vivir en una mentira solo por querer recuperar lo que ya está roto, considerando que la separación no es un paso dado de un día a otro. Obviamente, no es fácil admitirlo, pero es de suponer que, si la pareja llegó a ese acuerdo, ya es casi imposible recuperar la relación.
A raíz de esa determinación, quizás en la casa haya discusiones –que no precisamente son peleas– en las cuales se exponen las decisiones que tomó uno de los padres; los hijos tendrán que opinar y pareciese que deben optar entre papá o mamá. Este puede ser uno de los peores momentos, en el que es mejor mostrarse imparcial, ya que lo único que importa es amar por igual a quienes nos dieron la vida.
La circunstancia de tener padres separados para muchos es un terrible conflicto existencial, pero no hay que tomarlo de forma tan traumática, como si fuese que el mundo terminará. Quizás esto afecta al hijo en el sentido emocional, no por el hecho en sí, sino por la condición en que se encuentran los padres; es entonces cuando los hijos deben contener a sus progenitores. Puede ser que no hagan falta las palabras, que tan solo se necesite un fuerte abrazo.
En la vida hay obstáculos que tendremos que superar; si uno de ellos es que nuestros padres no continúen como pareja, debemos saber que antes que juzgarlos es mejor acompañarlos. Siempre serán nuestros padres, por más que no compartamos sus posturas, y demostrarles nuestro afecto nunca estará de más.
Por Ayelén Díaz (17 años)