A veces, las mujeres gozan de algunos privilegios dependiendo del lugar en el que se encuentren, porque, si de llegar a la casa del novio se trata, casi siempre tienen el mejor recibimiento. No obstante, si son ellas las que presentan al chico’i, deben soportar las miradas intimidantes que lanzan los familiares a su pretendiente, aparte del frío recibimiento. Qué variables más complicadas y contradictorias, ¿no?
Estas son algunas de las cosas por las que pasan las mujeres en plena adolescencia y juventud, pero es la única ocasión en la cual el aichinjaranga es el hombre, pues imaginémonos lo que pasa por la cabeza del varón en esos momentos. Cuando ocurre aquello, se deja ver el machismo tan acentuado que existe en el Paraguay, sobre todo en las familias muy conservadoras. La prueba son los interrogantes que realizan los suegros de acuerdo al género.
Las principales preguntas directas e indirectas a la mujer son: “¿Qué sabés hacer? Tus manos son muy lindas, seguro cocinás muy bien. ¿Cómo te va con la plancha?” Si las respuestas son favorables, la mamá, en privado, comenzará a presionar para que su “princeso” se case con esa dama. En parte, debemos entenderla, pues seguro ya quiere descansar de un mantenido en la casa, pero... ¿recomendaría de la misma manera a su hija para que se junte con un muchacho?
Por otro lado, las consultas frecuentes para los varones son: “¿Qué estás estudiando?, ¿dónde trabajas?, ¿a qué te dedicás?” Por más interesantes que sean las respuestas, la idea del casorio jamás se va a tocar, porque al novio deben conocerlo mejor. Ser la nuera es una suerte, aunque depende de la casa en que esté, pues en la del novio van a recibirla con un manjar, pero en su hogar, el pretendiente tendrá que bancarse el tereré sin pohã ro’ysã y las tortillas sin mandioca.
Por Javier Morales (19 años)