El título de este libro toma el nombre de uno de sus cuentos famosos, al que acompañan en el presente volumen los clásicos de siempre, los que recobran vida generación tras generación para ser ya patrimonio de la infancia planetaria: “Caperucita roja”, “El gato con botas”, “La bella durmiente del bosque”, “La cenicienta”, “Los deseos ridículos”, “Piel de asno”, “Pulgarcito”, “Riquet el del copete” y “Grisélida”.
Para los niños que no los han leído todavía, estos cuentos les despertará la curiosidad, porque les hablará de un mundo que ya les queda muy lejos, pero que es bueno que lo conozcan. Para los adultos, releer estos relatos les llevará a la aventura que significa internarse en su propia niñez, volver a aquella escuela en la que compartieron tiempos inolvidables con otros niños de aquella era que nadie olvida.
Charles Perrault (1628-1703) es uno de los escritores franceses más leídos en toda la historia de la literatura universal. Si bien incursionó en varios géneros de las letras, su celebridad mundial la alcanzó con sus cuentos infantiles que sobrevivieron a los siglos y fueron leídos por cientos de generaciones.
Se puede decir que Perrault es tal vez menos famoso que sus propias obras. No todos identifican títulos como “Caperucita roja” o “La cenicienta” con su autor. Muchos niños e incluso adultos leyeron sus cuentos en la escuela, en el colegio y no retuvieron el nombre de quien escribió esos cuentos.
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Para este libro han sido seleccionado varios de los más célebres relatos infantiles de Perrault, esos que escuchábamos en nuestra niñez cuando nos los contaban nuestras abuelas o tías, o que leíamos con fruición retozando de emoción ante tanta fantasía.
Perrault ha sabido crear mundos fantásticos, mundos irreales llenos de hadas y duendes, de reyes esbeltos y atléticos y de princesas.
Por otro lado, es importante leer a Perrault para entender una época, la del siglo XVII, muy distinta a la actual; una época en que el poder era absoluto, en el que el pueblo debía obedecer a un rey, en el que el cumplimiento de la voluntad del monarca era un imperativo divino. Uno mundo en el que la mujer estaba absolutamente sometida al hombre y en el que la mayoría de las propias mujeres veían en ese sometimiento una virtud femenina.
