Este viernes 3 y sábado 4 de abril, la banda chaqueña Negroovs llega a Asunción para presentar su propuesta en dos escenarios clave: “La Jam de Negroovs” en La Otra Bar y su participación en el FESTIFERÓ en Plaza Italia, respectivamente.
Formados por Samuel “Samy” Bermúdez (voz), Facundo Orrego (bajo y producción), Kevin Martínez (batería) y David Acevedo (guitarra y voz), el grupo aterriza en Paraguay en un momento crucial: con su primer disco “Groove y Sapucay” ya terminado y una identidad consolidada, buscan expandir su sonido y su mensaje más allá del noreste argentino.
Donde todo empezó a tomar forma
Antes de convertirse en una banda con nombre propio, Negroovs fue una serie de cruces, de coincidencias sostenidas en el tiempo hasta volverse inevitables. No hubo una fundación clara ni un momento de declaración formal: hubo contexto: pandemia, y hubo, sobre todo, una red previa de vínculos que encontró en el encierro una forma distinta de organizarse.
Samy lo sitúa ahí, en ese punto de partida difuso pero determinante: más que un inicio, lo que ocurrió fue una intensificación. Él y Facu ya venían trabajando como sesionistas dentro del circuito de la música del noreste argentino, ocupando ese lugar silencioso pero fundamental de quienes construyen sonido para otros. Ese ejercicio, más técnico que autoral en principio, fue también el espacio donde empezaron a medir tiempos y reconocer afinidades.
El salto ocurre cuando esa lógica de trabajo se desplaza hacia algo más propio. La invitación de Juanchi Langelotti al proyecto Yhip Chaco —una especie de ensamblaje colectivo que conectaba músicos de distintas localidades— funcionó como catalizador. No solo porque le dio a Samy un espacio para cantar sus canciones, sino porque le permitió tomar una decisión clave: convocar a quienes ya venían orbitando su proceso. Ahí, en ese gesto casi intuitivo, empieza a aparecer una idea de grupo. Las canciones dejan de ser individuales en su construcción y empiezan a abrirse, a transformarse en algo compartido. Lo que hasta ese momento era colaboración se convierte en lenguaje común.
Facu ubica ese pasaje hacia comienzos de 2022, cuando Negroovs empieza a tomar forma como proyecto identificable. Pero lo interesante es que esa consolidación no se da hacia adentro, sino en simultáneo con una expansión hacia afuera. A la par de las primeras canciones, aparecen espacios como la Jam de Negroovs o la Fiesta Negroovera, que funcionan menos como plataformas de exhibición y más como dispositivos de comunidad. En un contexto como el del NEA, donde las escenas suelen sostenerse desde la autogestión y la cercanía, esos espacios no son accesorios: son estructurales. Permiten circular, encontrarse, probar. Y también posicionarse dentro de una red más amplia de artistas que comparten condiciones similares.
Gracias a esos vínculos, Negroovs empieza a girar por Chaco y Corrientes, y también a cruzar por primera vez hacia Paraguay. Es un crecimiento progresivo, sin salto brusco, pero sostenido. “Hoy el proyecto nos encuentra mutando”, dice Facu, y la palabra no es casual: mutación implica proceso, adaptación, cambio constante. No hay una identidad fija que defender, sino una en construcción permanente.
Ese mismo principio atraviesa el inicio de su primer disco. Si la banda se gestó en el flujo, la grabación también. La fecha, sin embargo, quedó marcada con precisión: 19 de diciembre de 2022. El día después de la consagración mundial de Argentina. El contraste entre la euforia colectiva y el retiro hacia una casa en las afueras de Resistencia tiene algo de gesto simbólico, aunque ellos no lo enuncien de esa manera. Se aislaron, rodeados de verde, para empezar a trabajar sobre algo que hasta entonces no tenía forma definitiva. Venían tocando canciones propias, algunas de David, otras de Samy, incluso versiones. Pero ese momento inaugura otra etapa: la de pensar un relato.
Samy insiste en ese punto: la narrativa lírica, el lugar de donde vienen, la necesidad de decir desde ahí. No es una preocupación posterior ni decorativa; aparece desde el inicio del proceso. Y sin embargo, lo que parecía un comienzo acotado se transforma en un recorrido largo, atravesado por todo lo que queda fuera de la música. Tres años para un disco de nueve canciones no es solo una cuestión de perfeccionismo: es la evidencia de una realidad donde la creación convive con la vida en su forma más concreta.
Facu lo baja a tierra sin romantizarlo: en el medio pasaron cosas. Fue padre. Hubo trabajos, shows, tiempos que no coincidían. La expectativa inicial —terminar el disco en un par de meses— choca rápidamente con esa dinámica. Y ahí aparece otro aprendizaje, menos visible pero más determinante: el de sostener el vínculo. Las discusiones, las tensiones, incluso el desgaste, forman parte del proceso tanto como las canciones. “Estiradas de pelo”, dice, pero necesarias. Porque en ese roce se construye algo que después se vuelve soporte.
Lo que emerge de ahí no es solo un disco, sino una forma de funcionamiento. Una lógica interna donde la confianza deja de ser un supuesto y pasa a ser una práctica. “Si sucede algo, sabemos que el otro va a estar”, dice Facu, y en esa frase hay una síntesis del proyecto. Más allá de las dificultades externas —la falta de financiamiento, los espacios limitados, la autogestión constante— lo que sostiene a Negroovs es una estructura afectiva que se traduce en lo artístico.
Y quizá ahí está una de las claves para entenderlos: antes que una banda que hace música, son un grupo que encontró en la música una forma de organizarse, de decir y de resistir juntos.

Nombrarse también es tomar posición
Si el primer movimiento de Negroovs fue encontrarse, el segundo —más complejo, más consciente— fue nombrarse. No solo como banda, sino como identidad. Y en ese proceso, el lenguaje aparece como una clave de lectura.
La palabra “ñeri”, que en otras geografías podría pasar desapercibida o incluso resultar extraña, en su universo funciona como una marca de pertenencia. No es solo una forma de decir “amigo”: es una manera de entender el vínculo, de construir cercanía e incluso de reconocerse. Cuando se les menciona ese gesto, Samy lo lleva directamente al corazón de su propuesta: “Nuestras canciones son bastante chaqueñas, con un sentido de pertenencia e identidad que se profundiza cuando conocemos otros lugares”.
No hay, en esa afirmación, una idea de raíz estática. Al contrario: la identidad se construye en movimiento, en contraste, en el reflejo con otros. “Al verte reflejado en personas de otras culturas o provincias vas construyendo esa identidad”, dice. Y ahí aparece una tensión interesante: cuanto más circulan, más se afirman. “Somos chaqueños, llevamos la bandera del Chaco y queremos ir a Paraguay a contarles qué pasa en nuestra tierra”.
Ese “contar” no es menor, ya que implica una intención narrativa, casi documental. Negroovs no busca únicamente producir canciones que funcionen en términos sonoros, sino también construir un discurso. “No queremos solamente sonar bien, sino tener en claro qué queremos comunicar”, insiste Samy. Y en ese sentido, el lenguaje —las palabras, los códigos, las formas de nombrar— se vuelven parte del sonido.
Esa misma lógica se traslada al nombre de la banda, que condensa en una sola palabra buena parte de su universo conceptual. Negroovs no es un hallazgo casual ni un juego fonético vacío. Es, como explica Facu, una síntesis cargada de sentido: “El nombre lo trajo Samy… el primer show fue ‘Samy y Negroovs’, después se consolidó como uno solo”. Ese pasaje —de un proyecto más individual a una identidad colectiva— también queda inscrito en el nombre.
Pero hay más. “Habla de eso: ‘negros’ con ‘groove’”, dice Facu, y en esa unión aparece una doble operación. Por un lado, una reapropiación de una palabra históricamente cargada, llevada a un lugar de pertenencia y cercanía. Por otro, la incorporación de un concepto musical —el groove— que remite a algo más difícil de traducir: el pulso, el ritmo interno, la forma en que la música se mueve y hace mover. “Es el reflejo de que somos cuatro personas, ‘cuatro negritos’, nos decimos nosotros, que intentan vivir con la música y para la música”.
Facu amplía el concepto hacia algo más existencial: “Sobre todo el groove… saber moverse dentro de este tempo que es la vida; a veces podés ir más rápido o más lento”. El nombre deja de ser una etiqueta y se convierte en una forma de posicionarse frente al tiempo y frente al proceso.
Samy retoma esa idea desde otro ángulo. Reconoce que no trabajan desde una lógica bilingüe ni desde la apropiación directa del inglés en sus letras, pero encuentra en “groove” una palabra que funciona casi como un lenguaje universal: “Nos parece universal, como el jazz, algo que tiene que ver con la identidad musical”. Y vuelve sobre la definición, ahora compartida: “Como dice Facu: cuatro negritos con groove. Es una declaración, una búsqueda… no porque nos adueñemos de esa bandera, sino como una visión”.
Ahí aparece la capa profunda de la conciencia, de lo que implica nombrarse de esa manera en un contexto donde las discusiones sobre identidad, raza y lenguaje están lejos de ser neutrales. Lejos de esquivar esa tensión, la asumen desde la reafirmación, no como provocación, sino como posicionamiento.
Y es en ese punto donde el cruce con Paraguay cobra otra dimensión justamente como territorio de circulación e incluso más: como espejo cultural. “Las veces que fuimos a Paraguay vimos ese espejo social y te das cuenta de que somos casi iguales”, dice Samy. “La cercanía que sucede en la cultura y el arte nos acerca un montón y construye esa identidad de mestizos”.
La palabra “mestizos” aparece entonces como algo que atraviesa fronteras sin necesidad de explicarse demasiado. En ese marco, la identidad de Negroovs deja de ser exclusivamente chaqueña para volverse también regional, incluso transfronteriza. Pero sin diluir su origen. “Nosotros decimos que somos de todos lados un poco, pero más somos del Chaco”, remata Samy.

Cuando el paisaje empieza a sonar
Hay algo en el modo en que describen el inicio de “Groove y Sapucay” que revela esa relación casi orgánica entre entorno y sonido, como si la música se produjera en diálogo constante con lo que la rodea.
Facu lo recuerda desde una escena concreta, mínima, pero reveladora: “Cuando empezamos el disco en esa casa, estábamos armando las baterías de ‘Chicharra’… y era inevitable salir de tocar, tomar un tereré y escuchar a las chicharras de fondo”. No hay metáfora ahí ya que el sonido está literalmente presente, marcando el pulso. Lo que en otro contexto podría pensarse como ruido, acá se convierte en materia prima.
Ese gesto, aparentemente menor, condensa una forma de trabajar: no imponer una idea sobre la música, sino dejar que la música se nutra de lo que ocurre alrededor. Y en ese proceso, lo biográfico y lo cultural empiezan a entrelazarse. Porque si bien el paisaje aporta una capa, no es la única. Cada integrante llega con su propio archivo sonoro, con recorridos que no siempre coinciden pero que, al encontrarse, generan algo nuevo.
“Los cuatro tenemos otros proyectos”, explica Facu, y ahí empieza a desplegarse ese mapa de influencias que atraviesa el disco: “Samy hace folclore con La Huella Chaqueña, yo he tocado cumbia, rock, chamamé. Eso inherentemente va a estar reflejado en un arreglo o un riff”, dice.
Ese cruce se vuelve especialmente evidente en canciones como “Chaconativa”, donde conviven elementos que, en otro marco, podrían parecer incompatibles. Facu lo describe sin rodeos: “El folclore está presente pero mezclado con trap, música electrónica y sintetizadores abrasivos”. No hay voluntad de pureza, ni de fidelidad a una tradición entendida de forma rígida. Lo que hay es una lógica de convivencia, donde lo ancestral y lo contemporáneo no se anulan, sino que se potencian.
Esa misma idea se traslada a la dimensión visual. “En la puesta en escena nos gusta reflejar eso hasta en la vestimenta”, añade. Así el concepto no se agota en el sonido, sino que se expande volviéndose cuerpo, imagen y presencia. “Nuestro disco trae lo viejo, nuestras raíces, y lo fusiona con lo que escuchamos hoy”, afirman.
Samy retoma ese punto desde una dimensión más conceptual, vinculando directamente el disco con la idea de herencia. “Lo conceptualizamos como lo que recibimos”, dice, y en esa formulación aparece la clave: la música como transmisión. “Venimos de familias folclóricas que tocan chamamé o chacarera; también acá hay muy buena cumbia tropical”. Esa primera socialización musical no es elegida: es el punto de partida. Lo que viene después —el hip hop, el jazz, el funk— se suma para generar un diálogo que lo reconfigura todo.
“La unión sucede de manera casi milagrosa”, reconoce, aunque inmediatamente introduce una decisión consciente: “Decidimos darle mucha identidad porque refleja quiénes somos”.
Ese relato encuentra su forma en la estructura del disco, dividido en tres capítulos que no responden únicamente a criterios sonoros, sino también narrativos. Samy los describe como si fueran momentos de un mismo proceso: “El primero tiene un sonido más orgánico y busca que la identidad chaqueña esté en la narrativa”. Ahí aparecen canciones como “Chicharra”, “Chaconativa” o “Luthieri”, en las que el anclaje territorial es más explícito.
El segundo capítulo desplaza el foco: “es más electrónico, hay trap y funky; las letras hablan de vivencias individuales de cada uno”. La identidad ya no se construye tanto desde el lugar de origen, sino desde la experiencia personal, desde lo que cada uno atraviesa. Hay una apertura, una expansión hacia otros registros.
Y finalmente, el tercer capítulo funciona como cierre, pero no en términos de conclusión, sino de síntesis: “cierra esas dos facetas: la tradición y la búsqueda moderna”.
Lo que sí aparece con claridad es el peso del proceso. Porque más allá de la coherencia conceptual o la riqueza sonora, el disco está atravesado por las condiciones en las que fue hecho. Samy lo menciona con precisión: “Fue un proceso largo porque necesitamos trabajar mucho para financiar este disco de manera independiente”.
“No es momento de ser tibios”
Si en los primeros años Negroovs fue intuición, encuentro y búsqueda, el presente los encuentra en otra instancia: la de la conciencia. Hay una diferencia entre hacer música y entender lo que implica sostener un proyecto en el tiempo, y en ese tránsito aparece una palabra que atraviesa todo lo que dicen: crecimiento.
“En el proceso siempre vivimos cambios, millones, no solo desde lo grupal, sino por la experiencia personal fuera del grupo que aporta un montón. Valorás otras cosas”, dice Facu. Lo que cambia no es solo cómo suenan, sino cómo se escuchan entre ellos. La comunicación —ese terreno invisible que muchas veces define el destino de una banda— aparece como el verdadero punto de inflexión: “Somos amigos, pero al empezar a trabajar en la música surgen distintos conceptos. Encontrar el punto medio nos llevó por encuentros, desencuentros, llantos y abrazos”.
Así el grupo no se sostiene a pesar de lo que pasa, sino a través de eso. “El grupo acompañó el duelo personal de cada uno y eso nos moldeó”, dice, y en esa frase revela que el proyecto siente a la música como espacio, pero también como contención. Hoy, agrega, “el proyecto es algo más serio y consciente; nos aprendemos a comunicar mejor, a decir lo que nos pasa sabiendo que el grupo va a estar”.
Ese pasaje hacia una mayor conciencia también se traduce en estructura. Samy lo define como un proceso de profesionalización que no implica perder esencia, sino ampliar alcance: “Empezamos siendo cuatro y hoy tenemos un equipo de 15 personas trabajando. Todo nace de ese lugar donde vemos cómo llevar este mensaje del Chaco a otros países”.
“Somos cuatro personas que sueñan cosas parecidas, y que cuatro personas estén de acuerdo hacia dónde ir en este mundo es un desafío mágico”, dice Samy, y se siente como una conquista permanente. En un contexto donde lo individual suele imponerse, Negroovs insiste en lo colectivo como forma de existencia.
Esa insistencia no es ingenua. Está atravesada por una lectura del presente que aparece con claridad cuando la conversación se desplaza hacia lo político. Samy lo formula de manera directa: “Hay una búsqueda sistemática para que estemos separados o busquemos la individualidad”. Frente a eso, la respuesta del grupo no es solo discursiva, sino práctica. “Nosotros estamos acá en Resistencia, cantando por la resistencia y el trabajo colectivo. Dependemos de mucha gente que nos ayuda. La guerra no la ganamos solos, la ganamos juntos”.
La elección de palabras no es casual. Hablar de “guerra”, de “resistencia”, de “colectivo” implica asumir un posicionamiento. “Somos un colectivo con una misma visión sobre cómo vivir la vida y en eso hay un gran poder”, añade.
Esa dimensión se vuelve todavía más explícita cuando la música entra en relación con el contexto. Para Negroovs, cantar desde el territorio no es solo describirlo. “Pensamos mucho en las letras: nuestros paisajes y el río, pero también las cosas injustas y oscuras que corrompen nuestras provincias, como la deforestación o el analfabetismo. Decidimos ser un canal de información más allá de lo bello de la música”.
Facu refuerza esa idea desde lo concreto, llevando el discurso a las canciones: “El mensaje está en ‘Chaconativa’ o ‘F1144’, donde se habla del cuidado de los humedales y la tala de árboles; de que a veces importa más un papel que la vida misma. Queremos dar un mensaje de concientización; el ser escuchado ya es importante”.
Pero el punto más contundente llega cuando esa postura se vuelve explícita, casi como una declaración final que ordena todo lo anterior. Samy lo dice sin matices: “Particularmente en la Argentina de hoy, creemos que no es momento de ser tibios. Pararse y decir algo es una postura política. Nosotros estamos del lado de nuestro pueblo, de nuestra comunidad y de nuestro Norte”.
Lo que sigue es la aceptación de las consecuencias. Porque tomar posición implica asumir costos. “Eso tiene sus consecuencias, pero es nuestra decisión política: llevar un mensaje y no ser tibios”.
Ahí, en ese punto, Negroovs deja de ser solo una banda. Se convierte en algo más difícil de encasillar: un proyecto que entiende la música como herramienta, como lenguaje y como lugar de pertenencia, pero también como forma de intervenir en el mundo que habita. Y es así como entre el sostener lo colectivo y afirmar una identidad, Negroovs encuentra su forma más clara de existencia.
