Soportó calumnias, sufrió la arrogancia de los poderosos. Se refugió en el amor del pueblo. Se lo tuvo siempre en la periferia, oculto de las miradas “cultas”. Por demasiados años le acompañó el calificativo de “guarango” a quien lo hablaba. O sea, ordinario, soez, incivil. Este juego de palabras –guaraní, guarango- hizo que muchas personas se negaran, y le negaran a otras, a expresarse en el idioma de su tierra, en el idioma que le distingue como integrante de una rara y honrosa nación bilingüe.
La otra condena que le echaron encima fue que entorpece hablar correctamente el castellano. Sí, entorpece, pero a quienes ya son luego torpes.
El guaraní ha conocido, también, varios momentos de gloria. Roberto Romero, en su libro sobre el Dictador Francia, nos cuenta que Hernando Arias de Saavedra, criollo nacido en Asunción, designado Gobernador de la Provincia del Paraguay y Río de la Plata en 1597, utilizó el guaraní como idioma de Gobierno. Dispuso que sus Ordenanzas “se publiquen y pregonen en la plaza pública de esta ciudad de Asunción como cabeza de estas Provincias en lengua española y en lengua guaraní por intérpretes que la entiendan”. Fueron pregonadas en Asunción el 29 de noviembre de 1603, en Santa Fe el 26 de diciembre y en Buenos Aires el 25 de enero 1604.
Al emplearse el guaraní –agrega Romero- como medio de publicación o promulgación de las leyes, de acuerdo con la formalidad de la época, se daba uso oficial al idioma nativo, que era el idioma general de la Provincia. Durante el régimen colonial hispano, los Cabildos de los pueblos de indios dirigían peticiones escritas al Gobernador de la Provincia, en idioma guaraní.
El primer Himno Patriótico –dice Romero- que se escribió en nuestro país tenía letra en guaraní. Fue en tiempos del Dictador Francia quien había rechazado otro himno, “A la libertad del Paraguay”, porque estaba escrito en castellano.
En 1979 se estableció el 25 de agosto como Día del Idioma Guaraní. La fecha corresponde a la promulgación de la Constitución Nacional de 1967 cuyo artículo 5º dice: “Los idiomas nacionales de la República son el español y el guaraní. Será de uso oficial el español”.
Fue un gran paso, pero todavía insuficiente. La Constitución de 1992 le hizo entera justicia. En el artículo 140 establece: “El Paraguay es un país pluricultural y bilingüe. Son idiomas oficiales el castellano y el guaraní (...) Las lenguas indígenas, y las de otras minorías, forman parte del patrimonio cultural de la Nación”.
Siempre hubo contradicciones entre lo “culto” y lo “guarango”. Mientras tanto, el guaraní flameaba en lo más alto de la autenticidad paraguaya. Todos los intentos por bajarlo han fracasado. Y aquí lo tenemos sano, robusto, imperecedero. No puede ser de otro modo porque de cada pelea salía robustecida.
Sabemos la importancia del guaraní en la Guerra del 70. Los periódicos lo utilizaron para unir a las tropas en el amor y defensa a la patria. También en la Guerra del Chaco prestó el mismo servicio.
Con estos y otros galardones, con tales reconocimientos desde los tiempos de la colonia ¿por qué, de vez en vez, sufría la tenaz persecución que intentaba borrarlo del alma nacional?
Como sea, la Constitución lo reconoce como idioma oficial. También cuenta con una Academia que lo cuida, mima, enaltece, estudia, difunde. Tenemos guaraní para rato.
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