Subir al colectivo luego de una larga jornada de trabajo o estudio y encontrar un asiento vacío es, definitivamente, uno de los placeres más exquisitos de la vida. El cansancio y el sueño, muchas veces, son excusas que los jóvenes usan para hacer la vista gorda cuando asciende una embarazada o un ancianito al bus; sin embargo, no hay justificación para dejar que estas personas aguanten paradas un largo camino.
Jóvenes escuchando música en sus auriculares, señoras contando los chismes del barrio y personas chateando son situaciones que vemos a diario en el bus. No obstante, el mundo se congela cuando sube una embarazada; comienza el coro de bostezos y, finalmente, todos actúan como si hubieran estado durmiendo durante horas.
Los lugares destinados a personas con algún tipo de dificultad están ocupados, los pasajeros que se encuentran ahí no ven a la embarazada, quien debe soportar parada las bruscas maniobras y los baches por los que pasa el transporte. La mujer, quien lleva un ser vivo dentro, puede golpear su vientre contra los asientos o, en el peor de los casos, caer y poner en riesgo la vida de su hijo, pero nadie piensa en eso.
Reclamar lo que uno merece no es un delito, pero muchas personas actúan como si lo fuera. Las embarazadas y los abuelitos se aferran con resignación a cualquier cañito que encuentren libre y no exigen un lugar por miedo a la reacción de los demás pasajeros. Qué sociedad más carente de sentido humanitario.
Hay que admitir que existen personas bondadosas que sí ceden sus asientos a quienes en verdad los necesitan o, si también están paradas, reclaman para que otro pasajero lo haga; encontrar a gente así se convirtió en algo sumamente raro. Lamentablemente, hay mujeres a quienes, si les solicitás que otorguen un lugar, te responden que “un hombre debe hacerlo”.
La empatía es un don que pocas personas tienen; a casi nadie se le ocurre pensar que mañana puede estar en los zapatos de esa mujer embarazada o de ese abuelito con bastón que soportó un largo viaje parado. No es correcto vivir esperando a que otros tengan la iniciativa de hacer cosas buenas, uno debe obrar de manera caritativa cada vez que pueda.
Cuando veas a una embarazada sin asiento, a alguien de la tercera edad que a duras penas puede sostenerse o a un padre con su hijo en brazos, cedé tu lugar, pues, tal vez, llegues a necesitar que hagan lo mismo por vos en el futuro y, si estás soportando el viaje de la misma forma, pedí a algún pasajero que se levante; no esperes a que otros obren bien, comenzá vos.
Por Belén Cuevas (16 años)
