El tamaño de la economía informal en el Paraguay fue cuantificado gracias a un estudio que realizó la Asociación PRO Desarrollo Paraguay en conjunto con el Instituto de Economía Sostenible de la Universidad Nacional de Asunción. El resultado es tan desafiante como preocupante: 39,5% del tamaño del PIB. Esto equivale a unos 11.700 millones de dólares.
El “espejismo” que genera la economía subterránea es sumamente peligroso: hace pensar que tenemos un “trabajo” cuando en realidad lo que vemos es familias enteras sobreviviendo con recursos inconstantes, labores precarias y ausencia de protección social y previsional. Nos genera una sensación falsa de ocupación y alto emprendedurismo, entendidos éstos como la desordenada actividad de producción sin cumplimiento de las normas legales de comercio o producción, sin acceso a crédito y con una precariedad directamente vinculada a la capacidad de control efectivo de los organismos del Estado que, en el mejor de los casos, hacen cumplir las normas cuando no se ocupan de extorsionar a quienes se encuentran en tal situación alargando su agonía y aumentando sus niveles de carencia.
En sociedades como la nuestra, la informalidad es uno de los principales, sino el más importante, motivos de perpetuación de la desigualdad social, pues obliga a perpetuar los niveles de pobreza de generación en generación, impidiendo a los jóvenes aspirar a una mejor calidad de vida.
La informalidad priva de recursos al Estado para atender sus principales obligaciones respecto de Salud Pública, Educación e Infraestructura. Conforme al Estudio PRO/IES, si redujéramos a la mitad la economía subterránea podría proveer a las arcas estatales más de 600 millones de Dólares de recursos genuinos del tesoro, sin préstamos internacionales, sin emisión de deuda pública. Solo con recursos que hoy pasan “por debajo de la mesa” y generan un espejismo de bienestar a muy corto plazo.
La evasión tributaria – importante segmento de de la economía informal – erosiona no solo la contribución económica conjunta al sostenimiento de nuestras necesidades básicas sociales, sino que nos abstrae del concepto mismo de responsabilidad y participación ciudadanas, nos hace indiferentes al manejo de la cosa pública, nos convierte en simples “habitantes”.
Es por eso, que en sus diferentes manifestaciones la informalidad es esa enfermedad silenciosa que mina nuestra capacidad productiva, nos hace cómplices de la desesperanza, nos genera un falso justificativo que elevamos en contra de la autoridad en nombre de un supuesto “emprendedurismo” mientras alargamos las décadas de precariedad a futuro, comprometiendo nuestro desarrollo social y la calidad de vida presente y futura de nuestras familias.
Cumplir la ley, entonces, no es una señal de debilidad, sino de compromiso con nuestras propias familias y nuestro propio destino.
No existe informalidad sin corrupción ni corrupción sin informalidad.