La corrupción… La mía, la tuya, la suya, la nuestra

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Dan Ariely es profesor de psicología americano y criado en Israel. Enseña en la Universidad de Duke y ha investigado profundamente y con experimentos científicos la dinámica cerebral ante un flagelo que es común en la raza humana: la deshonestidad.

¿Alguna vez copiamos en un examen en el colegio? ¿”Dibujamos nuestro CV para conseguir mejor puntuación para un trabajo? ¿Cruzamos una luz roja en algún cruce semafórico? ¿Mentimos a nuestros padres o cónyuges sobre la hora de regreso a casa? ¿Convencimos a nuestros hijos sobre los reyes magos, el Ratón Pérez o sobre quien deja los regalos debajo del arbolito de Navidad?

Quizás haya un número — estimo muy reducido de personas — que puedan responder de manera negativa a las preguntas arriba enunciadas.

En sus estudios científicos sobre la conducta sobre la mentira en el ser humano 1 el ha desarrollado una tesis llamada de “la economía de la voluntad”. Básicamente habla sobre la situación que se plantea cuando nuestro entorno social tolera, justifica y no se cuestiona sobre determinadas mentiras — los Reyes Magos, el Ratón Pérez o nuestras primeras explicaciones a nuestros curiosos hijos de cómo nacen los bebés — haciendo que estas mentiras “aceptables” se repitan y las consideremos “normales” en nuestra convivencia.

En un recomendado documental DISHONESTY. The Truth About Lies (Deshonestidad. La verdad acerca de las mentiras) 2 realiza unos experimentos tan sencillos como esclarecedores sobre el efecto de la mentira incluso en ambientes de alta exigencia y excelencia como la Universidad. Solicita a un grupo de alumnos que desarrollen unas complicadas pruebas matemáticas que piden sean entregadas y allí retiran un monto determinado, destruyendo previamente la hoja que le fue entregada en un “triturador” de papeles. Lo que no saben los alumnos es que las hojas de la prueba no se destruyen totalmente, sino solo sus bordes.

Los resultados fueron increíbles: en ese grupo mintieron los alumnos, sabiendo que se trataba de una prueba que ponía en juego su honor y honestidad. Es decir, un grupo de alumnos: a) Educados (con más de 14 años de escolaridad), b) de clase media-alta, y c) en un ambiente de exigencia y excelencia como lo es la Universidad.

La variación en el número de “mentirosos” es sumamente interesante: cuando un actor contratado por el estudio, vestido con la chaqueta de la universidad local, entrega en 30 segundos el trabajo (sí, 30 segundos!) la mayoría de la clase lo sigue casi inmediatamente fingiendo haber terminado igualmente. El resultado se supo al abrir el falso “destructor de papeles”. Había mentido casi toda la clase!

Lo curioso y alentador fue la segunda parte del experimento; cuando traen a un alumno con distintivos de otra universidad. En este segundo caso, el comportamiento de los mismos alumnos tuvo giro drástico. Solo un porcentaje ínfimo hizo trampa, luego que el alumno —extraño al grupo— hubo entregado su examen.

Muchas veces nos preguntamos cómo los paraguayos adoptamos un comportamiento cívico, ético y laboral ejemplar al abandonar nuestro entorno. Es frecuente la reflexión cuando insistentemente observamos a compatriotas triunfar en sus destinos de exilio o simplemente verlos actuar apenas cruzando nuestras fronteras y ante otros entornos extraños.

Quizás el Profesor Ariely con sus experimentos nos eche luz al respecto. Según sus resultados, el cerebro se “adapta” al comportamiento tolerado por el grupo circundante. Es decir que si el grupo no tolera determinados actos de corrupción, nuestro cerebro buscará “acomodarse” a tal comportamiento.

La enseñanza también nos da la posibilidad de una herramienta: los alumnos mienten menos o hacen menos “trampa” cuando son sometidos a firmar “códigos de honor” o “compromisos de excelencia”, es decir, confrontándolos como diría Kant a su propio “imperativo categórico. Por último hay dos realidades que son importantes rescatar. La primera es que todos somos “pequeños mentirosos”, hasta en las cuestiones más impensables estamos sujetos todos los días a hacer una opción por la sinceridad o la deshonestidad. La segunda es preocupante: la “pequeña mentira” produce un daño económico cientos de veces mayor que los grandes fraudes. El profesor Ariely estima que los grandes escándalos de corrupción y deshonestidad en los EEUU de los últimos años (ENRON, el fraude de las “subprimes” del 2008, entre otros) producen un impacto entre el 4 al 10% nada más sobre la economía global.  Sin embargo los “mentirosos piadosos” causan más del 50% de pérdidas económicas que vuelven a impactar sobre ellos mismos ya que se tratan en su mayoría, de personas de medianos ingresos.

Dan Ariely nos abre las puertas a una nueva dimensión en el combate a la corrupción: nos muestra que nadie está vacunado contra ella —quizás esto ya lo sabíamos— pero nos da herramientas científicas claras para combatirlas, y sorprendentemente, coinciden con la misma que nos daba el gran filosofo Immanuel Kant con su “imperativo categórico” al decir que la respuesta está dentro nuestro: “Obra de tal manera que el principio de tu acción pueda servir

como base a una legislación universal”. Todos tenemos un “GPS moral” incorporado, es cuestión de que nos propongamos permanentemente dejarnos guiar por su ruta.