Eligiendo al motochorro

Este artículo tiene 9 años de antigüedad

Ante la ola de asaltos, la ciudadanía ha puesto con justicia el grito al cielo para que las autoridades encargadas de la seguridad “hagan algo” con respecto al aumento — al menos en la percepción y difusión — de los atracos cometidos por motoasaltantes.

Muchas de las críticas guardan relación — y con justicia — con la gestión de seguridad: corrupción policial, inacción de policías de tránsito que permiten que circulen motocicletas sin chapa, espejos y sin luz, la displicencia de varios jueces y fiscales que aplican medidas alternativas a la prisión con relajo y hasta venalidad así como el pésimo sistema penitenciario que convierte a un “motoasaltante” en un peligroso hampón.
 
Todo esto es verdad. Como también es cierto que tenemos a la policía peor pagada de la región. Se estima que los alrededor de 25 mil efectivos policiales ganan una tercera parte de lo que gana un policía de la región, que encuentran a muchas “víctimas” para cobrar por su ayuda y gestión. Y  esta víctima tampoco está demasiado incómoda al abonar un “extra” para zafar de la “falta” que acaban de cometer.
 
Nuestras normas de tránsito son de acatamiento voluntario, ya no solo para los motociclistas sino para choferes de buses de pasajeros e incluso particulares. Girar a la izquierda en avenidas en donde la maniobra está prohibida, adelantarse por la derecha, chatear mientras se maneja por la izquierda, usar la vereda como carril de adelantamiento, entrar “media cuadra nomás” en contramano son cosas tan normales como ver al sol saliendo por el este todas las mañanas.
 
Entonces, si nos planteamos de esta manera, podríamos empezar haciendo cosas que antes no hacíamos y que están a nuestro alcance.
 
¿Porqué sigue creciendo la tasa de robo de celulares? Creo que la respuesta es intuitiva: porque hay una gran demanda.
 
Poniéndolo en cristiano básico, gastamos nuestros dedos en las redes sociales — ya que cada vez menos gente sale a la calle a protestar o a reclamar — clamando por justicia, cárcel o ajusticiamiento de los malhechores. Bien. Es nuestro derecho. Pero si a la hora siguiente, vamos al “comercio de la esquina” a comprar un celular a mitad de precio sin factura legal ni caja original, entonces ¿de qué lado estamos jugando el partido?
 
Si consentimos que transiten biciclos entre dos personas sin chapa, casco ni luz y, por repetición o cansancio, ya ni reclamamos al siguiente agente (policial, municipal, caminera ) que lo detenga por no cumplir las normas que otros sí cumplimos, entonces ¿de qué lado jugamos?
 
Si el deseo irrefenable de conseguir un smartphone a bajo precio para postear cuánto nos indigna la corrupción, nos lleva a comprar uno presumiblemente robado ¿no deberíamos hacer la primera crítica en redes a nosotros mismos?
 
A esta altura el lector estará envuelto en llamas de la indignación, porque esto no es una crítica “al  otro” sino un llamado de atención a nosotros mismos. Pues bueno, si hay alguien a quien tenemos que convencer que una sociedad mejor es posible es a nuestra propia conciencia, a nuestro propio cerebro, que nos “esconde” estas realidades para hacer lo que más nos gusta: quejarnos de los demás.
 
Hemos hecho marchas, hemos portado cintas negras, hemos llorado y enterrado amigos y familiares. ¿Cómo podemos seguir comprando cosas robadas?
 
De niño, y como a muchos, recibía una sola consigna de mis padres: vergüenza solo de robar. Poner en práctica lo que nos han dicho no es lo más agradable en una sociedad que castiga al buen conductor, al buen ciudadano, al buen alumno, tratándolo de “delicadoitereí” o “kangueró” ¿O no es lo que nos dicen tantas veces cuando reclamamos a nuestro entorno alguna mala acción?
 
La mala noticia es que cambiar hábitos que producen estos resultados nos va a costar más de una amistad, con seguridad.
 
La buena noticia es que cambiando mi hábito, al menos yo no estaré eligiendo a mi futuro motochorro.
 
¿Podemos?