Hasta ahora, los científicos creían que los principales depredadores oceánicos del Cretácico fueron reptiles marinos gigantes y tiburones, mientras que los invertebrados habrían servido como presas.
Pero, a diferencia de los invertebrados con caparazón, los pulpos siguieron una trayectoria evolutiva única según ha revelado el análisis fósil. En lugar de caparazones protectores, desarrollaron cuerpos blandos, lo que les proporcionó una movilidad, una visión y una inteligencia sin precedentes en el mundo marino.
Llegaron a alcanzar tamaños enormes y actuaron como depredadores de primer orden, pero su papel ecológico ha sido difícil de determinar debido a la escasa evidencia fósil existente.
Para rellenar este ‘vacío’ los investigadores japoneses evaluaron los patrones de desgaste en 15 mandíbulas fósiles existentes de pulpos de la antigüedad, ya que a través de ellas las nuevas tecnologías permiten averiguar las dimensiones del animal al que pertenecieron.
Además, hay mucha información que se puede obtener estudiando el desgaste de la mandíbula, producido al morder presas con esqueletos duros, pues deja daños característicos similares a los observados en los cefalópodos modernos cuando rompen conchas para alimentarse de lo que hay en su interior.
En el caso de los de mayor tamaño, los investigadores vieron que las mandíbulas mostraban un desgaste extenso, con rasgos que en los juveniles pequeños eran afilados y que se volvieron redondeados con el tiempo.
Los patrones de desgaste sugieren que los pulpos gigantes fueron carnívoros, acostumbrados a aplastar caparazones duros y huesos con poderosas mordidas, y a utilizar sus brazos largos y flexibles para capturar presas de gran tamaño mientras las desmembraban, un comportamiento que se ha relacionado con una inteligencia avanzada.
