De momento, su proyecto ha entusiasmado a Valdemorillo (Madrid), Robledo de Chavela (Madrid) y Toro, famosa localidad vitivinícola de apenas 8500 habitantes al sureste de Zamora con una gran actividad deportiva y cultural.
"Yo he jugado mucho de pequeño en la calle, antes es lo que se hacía, como no había pistas la calle era el sitio donde todos queríamos estar. Cuando nos llegó la propuesta me vino a la mente mi infancia, estábamos horas jugando", afirmó a EFE el Concejal de Deportes de Toro, Carlos Rodríguez.
"Lo hacíamos con unas piedras, unas cazadoras o unas chanclas, eso eran nuestras porterías y con eso funcionábamos y éramos felices con poquito", continuó.
"Estos valores le van a servir a los niños para toda la vida, trabajo en equipo, cooperación, y eso te ayuda para toda tu vida, subrayó Rodríguez sobre el valor que le puede aportar el fútbol callejero a una pequeña localidad.
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Julio García Mera, por su parte, es el impulsor de este desafío. "El balón está arrestado. Se le declara culpable de jugar con los niños y adolescentes en calles y plazas públicas. Ese balón simboliza el final del fútbol callejero, ese lugar originario y carente de normas en el que aprendimos los antiguos", apunta García Mera.
"En la actualidad, es difícil ver jugar a los niños en la calle. Hay múltiples causas: sedentarismo, videojuegos, urbanizaciones cerradas… A esta situación multicausal se suman los padres modernos, entre los que me incluyo", continuó el exdeportista.
"Los padres de hoy queremos que nuestros hijos jueguen en pista de parquet o en césped artificial, con luz LED, árbitro federado, bebida isotónica, material deportivo climacool y, por supuesto, balón reglamentario. Porque todo debe estar reglado. Nada de mestizaje."
"El canijo ya no lucha contra el grandullón del barrio rival. Las porterías no son de piedras amontonadas. Apenas se oye aquello de “quien marque gana”. La tierra, el barro o los charcos se desterraron hace tiempo."
"Ahora ya no se juega en la calle. El balón está preso, encarcelado. En nuestra época, cuando los teléfonos eran tontos, teníamos pocas cosas claras, pero sabíamos que el balón no necesitaba patadas, sino caricias; no necesitaba estar arrestado, sino libertad", finaliza Mera.
