Conviene recordar -porque el fútbol olvida rápido- que Camavinga ya estuvo ahí. En la final de la Liga de Campeones de la temporada 2023-2024 apareció para suplir, precisamente, a Tchouaméni, entonces lesionado. Y cumplió. Aquel día el Real Madrid levantó su decimoquinta Copa de Europa tras imponerse al Borussia Dortmund. Fue un chico serio, fiable, con aire de futuro. Todo parecía encajar.
Dos años después, la escena se repite, pero en distintas circunstancias. Desde que Camavinga llegó al Real Madrid con 18 años procedente del Rennes (por cerca de 30 millones de euros), su crecimiento fue natural, progresivo, casi pedagógico. Camavinga era ese centrocampista moderno, con recorrido, con energía, con margen. Pero algo se ha torcido en el camino. Y no es un detalle menor.
Quizá la explicación esté en su dispersión táctica. Ha sido lateral izquierdo de emergencia, interior desplazado, en ocasiones pieza de parche más que de estructura. Y un futbolista necesita un lugar en el mundo. El suyo es el mediocentro. Ahí donde se ordena el juego y se mide el tiempo. Ahí donde no ha podido asentarse.
En ese contexto aparece Álvaro Arbeloa, que le ha administrado con cuentagotas. Tras la derrota ante el Getafe (0-1), el técnico encontró una fórmula reconocible en el bloque medio-alto: Valverde, Tchouaméni, Pitarch, Güler, Brahim y Vinícius. Las piezas funcionaron y el Real Madrid ganó cinco partidos seguidos, incluidos dos al Manchester City. Y cuando un equipo funciona, las oportunidades se reducen.
Camavinga se coló en ese engranaje ante el Celta. Jugó escorado a la izquierda, 90 minutos y con victoria (4-1), pero sin dejar huella. Después, ante el Mallorca, tuvo una oportunidad más ortodoxa, en el centro del campo junto a Tchouaméni. Tampoco convenció. Y además quedó señalado en el gol de Manu Morlanes, por no acompañar la jugada desde atrás.
Ahí llegó el aviso de Arbeloa, sin nombres pero con destinatario claro: "A pesar de que hemos tenido una primera parte en que hemos sido superiores, en un desajuste te han marcado un gol. Aquí te despistas un momento, no ajustas bien, pierdes una marca, no la sigues y te cuesta un gol".
El fútbol, en esos detalles, es implacable y después vino el Bayern Múnich: Camavinga volvió al banquillo. Jugaron otros. Y Tchouaméni, ironías del destino, vio la amarilla que le dejó fuera del partido de vuelta.
La siguiente oportunidad fue ante el Girona. Otra vez en el centro. Otra vez gris. Y otra vez en la foto del gol, esta vez de Thomas Lemar, por llegar tarde a tapar su disparo desde la frontal. El empate (1-1) dejó un regusto amargo, casi de despedida liguera.
Arbeloa, de nuevo, explicó sin señalar: "Quería ver a Eduardo en esa posición. Creo que el día del Villarreal ya jugó ahí con nosotros. Lo ha hecho en algún otro momento. Se siente muy cómodo de seis y, además, entiende que esa es la posición donde más rinde. Para mí era importante verle, que entienda lo que yo quiero de esa posición".
Y después, añadió una idea clave: "Camavinga siempre ha sido un jugador con muchísima movilidad. Y quizá en ese puesto necesita ubicarse de manera distinta. Y también colocarse para ayudarnos en la salida de balón, como también a la hora de defender. Y, bueno, pues yo creo que era una buena opción para iniciar hoy".
Ahí está el nudo de la cuestión. Camavinga no es peor jugador que antes. Pero sí parece un jugador menos definido. Y en el fútbol de élite, la indefinición se paga.
Su talento sigue siendo indiscutible. Su recorrido, también. Pero ahora mismo vive en ese territorio incómodo donde cada error pesa más que cada acierto, donde el foco no ilumina, sino que interroga.
Y mientras tanto, Múnich espera. Y el Real Madrid también. Porque hay noches que no son para promesas, sino para certezas. Y Camavinga, hoy, está obligado a decidir cuál de las dos quiere ser para ser una pieza clave en una remontada que daría vida al Real Madrid.
