Apuntando con sus ojos a Sevilla a través de las nueve pantallas gigantes dispuestas a pie de césped, el Metropolitano acogió este sábado a más de 35.000 aficionados colchoneros que renunciaron a la intimidad del hogar para seguir en comunión con su parroquia el intento del Atlético de Madrid de proclamarse campeón de la Copa del Rey trece años después.
Al ritmo de Guns N' Roses, David Guetta o Eminem, la familia rojiblanca fue accediendo a su templo hasta completar, al filo de las nueve de la noche, más de la mitad del aforo total del coliseo. Como si de una prolongación de La Cartuja se tratase, el Metropolitano, preparado para su cita con la historia, lucía un color especial.
Dieciséis segundos duró la euforia por el arranque de la final, justo los que tardó la Real Sociedad en abrir el marcador con el cabezazo que Barrenetxea mandó al fondo de la portería de Musso. Llegaba la primera decepción, a la que el colectivo colchonero respondió inmediatamente con cánticos de "Atleti, Atleti" en señal de apoyo.
Con la voluntad de quien sabe que tiene todo el encuentro por delante, la grada, algo nerviosa, aplaudía cada acción defensiva del cuadro de Simeone. La inquietud por el dominio inicial de los de Matarazzo se tornó en alivio cuando Lookman, en uno de los primeros despliegues ofensivos del Atlético, cruzó un disparo raso que devolvió las tablas al marcador y desató el júbilo colchonero.
Sin embargo, fue Musso quien devolvió el runrún a la grada al filo del descanso tras salir a buscar un centro y cometer penalti sobre Guedes. Como si lo tuviera delante, el público colchonero intentó intimidar con silbidos a Mikel Oyarzabal, pero el internacional español convirtió la pena máxima y llevó el segundo disgusto de la noche a la hinchada rojiblanca.
Enmudecido por el gol psicológico, el Metropolitano se quedó frío tras el intermedio. La tensión se apoderó de la parroquia colchonera, que sufrió hasta que Julián Álvarez firmó el 2-2 para mandar el partido a la prórroga y poner a cantar a las miles de gargantas que minutos antes contenían la respiración y se preparaban para lo peor.
Ya en el alargue, Musso puso en pie a la grada con una parada a un disparo de Óskarsson en el área chica que el Metropolitano celebró como si hubiera marcado su equipo. Inmediatamente después, Julián Álvarez estrelló un balón en la cruceta de Marrero que dejó a miles de atléticos tirándose de los pelos de la desesperación.
Aunque breve, la llegada del descanso ofreció algo de alivio a una afición rojiblanca que, intimidada con los acercamientos de la Real, rompía en aplausos a cada oportunidad en un intento por sacudirse el suspense propio de una final agónica.
El murmullo corrió por la grada cuando el partido se fue a los penaltis. El fantasma de noches pasadas sobrevolaba el Metropolitano, que aguardó el momento decisivo con un nudo en el estómago. Las pantallas mostraron a Juan Musso, que se llevó la ovación del público.
Cuando Sörloth marró su penalti se algunos irrumpieron en maldiciones y golpes. Cuando lo hizo Julián, el desánimo se apoderó del estadio. Los más pesimistas iban ya camino de los vomitorios cuando Musso devolvió al Atleti la esperanza. "Musso, Musso", rezaban miles de atléticos. Pero el gol de Aihen Muñoz devolvió al Metropolitano a la realidad. El de Pablo Marín sembró la desolación. Otra vez los penaltis.
