Cuando empezó el torneo, la jugadora de Dijon era una desconocida que se situaba en el puesto 361 del ránking. Cuando acabe, como mínimo será 62 del mundo, la primera francesa de la clasificación y una nueva vida se abre por delante de la tenista de 22 años, que hasta esta edición de Roland Garros nunca había pisado el cuadro final de un Grand Slam.
Hasta hace unos días, el tenis había reportado 123.633 euros en premios y, solo por haber alcanzado las semifinales ya tiene asegurados 600.000.
Pese a todo, a que todo el país está tras ella, a que vive el cuento de hadas con el que toda tenista sueña, Boisson apenas muestra emoción, apenas deja trasparentar que ha conseguido unas metas con la que desean la mayoría de las jugadoras.
Tras derrotar en octavos de final a la estadounidense Jessica Pagula, la número 3 del mundo, se destacó que la rival no era una especialista en tierra batida. Pero en cuartos se impuso a la rusa Mirra Andreeva, seis del ránking, una jugadora de 18 años que perseguía clasificarse por segundo año para semifinales y que había llegado a los cuartos de los dos grandes torneos de tierra batida que preceden a Roland Garros, Madrid y Roma.
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Tampoco se achantó ante la potente jugadora rusa, entrenada por la española Conchita Martínez, que a sus 18 años sintió la presión del público que empujó para hacer avanzar a su paisana.
Pero tras cerrar la bola de partido, Boisson se tendió sobre la tierra batida de la central, las manos en la cara. Solo al levantarse el público descubrió su rostro impertérrito. La misma frialdad que mostró en sus declaraciones en la pista, como si aquella victoria fuera una más en su carrera.
"En el fondo, es un partido de tenis", dijo posteriormente a los periodistas, sin dejar entrever que la jugadora está entrando en una nueva dimensión.
"Intento controlar mis emociones. Es verdad que en mi carrera no saber hacerlo me ha causado problemas. Era una chica muy nerviosa, muy emotiva, demasiado, y eso me frenaba mucho. Hasta que entendí que así no iba a ningún lado", explicó.
Boisson dedicó buena parte del tiempo en el que estuvo lesionada y apartada de las pistas a aprender a controlar su mente.
El resultado es una jugadora que parece un témpano, que se esconde tras el rostro serio y cerrado en el que apenas deja escapar una sonrisa.
Ahora ya no tiene ningún complejo por delante. El año pasado una lesión le impidió disputar su primer Roland Garros cuando había conseguido una invitación de los organizadores. Este año, aprovechó el favor para seguir encantando al público francés.
El reto siempre es mayor. La estadounidense Coco Gauff, número 2 del mundo, que busca su segunda final en París a los 21 años, pondrá a prueba este jueves el golpe de derecha que ha causado sensación en el torneo.
De golpe, ese duelo ha restado algo de protagonismo a la otra semifinal, que enfrentará, la más deseada por Roland Garros, entre la bielorrusa Aryna Sabalenka, número 1 del mundo, y la polaca Iga Swiatek, que busca su quinta corona en París, la cuarta consecutiva, algo que ninguna mujer ha conseguido.
El duelo entre las dos tenistas más carismáticas de los últimos años que París no había podido presenciar.
Será el décimo tercero entre ambas, el primero esta temporada. La polaca ha ganado ocho, pero fue la bielorrusa la que se impuso en el último, en semifinales de Cincinatti en 2024, poniendo fin a una racha de tres triunfos de Swiatek.
Sabalenka solo ha conseguido derrotar a su máxima rival una vez sobre tierra batida, en la final de Madrid de 2023.
A diferencia de la temporada mediocre de la polaca, la bielorrusa ha conseguido este año 39 victorias, disputará las séptimas semifinales y busca su cuarto título tras los de Brisbane, Miami y Madrid.
