El 5 de junio de 2022 un maduro Rafael Nadal, infiltrado en su pie para poder seguir jugando al tenis, sumaba su decimocuarto título en la tierra batida francesa.
Entre esas dos fechas trascurre la más exitosa historia de un jugador en un mismo torneo, una epopeya sin precedentes que tuvo su último capítulo el pasado 25 de mayo, cuando el torneo hizo un homenaje al tenista español, ya retirado, e inauguró una placa con su huella en la tierra batida de la pista central.
La edición de 2025 del torneo, la primera desde que Nadal puso fin a su carrera tenística, ha vivido marcada por el recuerdo al español, cuyo legado está ahora en juego.
Las referencias al de Manacor han sido numerosas. Desde la Paula Badosa que aseguró que encontró fuerzas mirando la huella de su compatriota a la confesión de Carlos Alcaraz, que aseguraba que probablemente nadie más vuelva a ganar 14 veces este torneo.
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Tampoco es fácil que se igualen sus cifras en París, sus 112 victorias en 115 partidos. El serbio Novak Djokovic está a doce, pero a sus 38 años se antoja complicado que pueda arrebatarle ese récord.
Como otros muchos que han marcado, de 5 de junio a 5 de junio la historia de Roland Garros.
Algo que el propio Nadal no habría sospechado cuando aquel 5 de junio de 2005 caía sobre la tierra batida, brazos estirados con su camiseta verde sin mangas, pantalones de pirata y aquella bandana en la cabeza que acabó poniéndose de moda.
Recibió el trofeo de manos de Zinedine Zidane y las crónicas hablaban del nacimiento de una estrella. Pero nadie osaba decir de una leyenda.
"Por primera vez en mi vida he llorado. No pensaba que lloraría, pero al mirar la emoción de mi familia no he podido evitarlo", aseguró un espontáneo Nadal, que tenía problemas para expresarse en inglés y se le veía algo abrumado ante la prensa.
El español se impuso en cuatro sets al argentino Puerta, 6-7(6), 6-3, 6-1 y 7-5, otro inesperado en aquella final en la que, por el camino, Nadal derrotó por vez primera al suizo Roger Federer en el primer capítulo de la que sería una de las rivalidades más épicas del deporte.
Cuarenta duelos entre los dos jugadores, con 24 victorias para el español, que nunca cedió en Roland Garros. El único que ganó el suizo coincidió con la primera derrota de Nadal en 2009 a manos del sueco Robin Soderling.
Diecisiete años más tarde, Nadal volvió a triunfar en Roland Garros. Vestido de verde pistacho, con un pantalón más corto y la bandana en la cabeza, esta vez el español se llevó las manos a la cara y alguna lágrima salió de sus ojos.
Recibió la copa de manos de Billie Jean King tras derrotar con contundencia al noruego Casper Ruud.
Sólo al llegar a la sala de prensa Nadal desveló que había competido mortificado por un dolor en el pie, un sufrimiento que había soportado ayudado por una anestesia local que le impedía sentir esa extremidad, lo que le exponía permanentemente a una lesión de gravedad.
Una circunstancia que convertía a sus ojos en especial aquella victoria, que suponía sobreponerse a las limitaciones de su propio cuerpo, lo que resumía bien la carrera del mallorquín.
"Nadie sabe por lo que he pasado", aseguraba el español, que en el camino había protagonizado unos cuartos de final estratosféricos contra Djokovic, el otro gran rival.
Cincuenta duelos entre ambos, con 31 victorias del serbio, el hombre que consiguió destronarle en número de grandes, de victorias totales, de torneos ganados. Pero que no le arrebató la hegemonía que empezó aquel 5 de junio de 2005.
