En una crónica llena de emotividad, Andrés Colmán Gutiérrez entrega un libro sobre este tema, en la colección “A 150 años de la Guerra Grande”, de ABC Color y la editorial El Lector: “Acosta Ñu”.
Esta obra llegará al público con el ejemplar de nuestro diario el domingo 8 de diciembre.
Al general Bernardino Caballero le tocó comandar lo que podría llamarse su “ejército”, para tentar detener la avanzada brasileña que quería cazar al mariscal López.
El continente de Caballero estaba formado por 4.500 hombres, casi el 80 por ciento de ellos niños, adolescentes y ancianos. Había solo un reducido batallón de veteranos del Sexto de Infantería, con seis cañones de muy poca potencia. Su caballería era escasa: unos pocos caballos, tanto o más esqueléticos que los soldados.
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Del otro lado avanzaba un ejército con más de 20.000 hombres, con numerosas piezas de artillería y armamento de calidad. La noche de las Cordilleras era silenciosa, densa y oscura. No había ninguna chance de poder batir a aquellos aliados que habían sido cebados con la sangre en Piribebuy. Caballero se dispuso a pelear apenas amaneciera.
Colmán Gutiérrez, presto para contar lo sucedido, reflexiona: ¿Cómo narrar el heroísmo y el horror de una batalla tan épica, tan trágica, tan inabarcable…? ¿Será que alcanzan todos los muchos libros, los testimonios, los relatos populares, los poemas, las canciones, los documentos históricos… para poder aproximarse a la verdad de una de las epopeyas más emblemáticas del Paraguay, que un siglo y medio después de haber sucedido todavía vibra y duele en el alma y en la piel de cada uno de los habitantes de esta desgarrada y mediterránea geografía…? ¿Dónde acaba la historia y comienza la leyenda…? ¿Cómo narrar Acosta Ñu…?
Era un amanecer con olor a pólvora y presagios de muerte, el de ese día 16 de agosto de 1869, dice el autor. Tras una larga y penosa marcha durante toda la noche a través de los montes de Caacupé, el ejército casi espectral de niños, ancianos y mujeres, al mando del general Bernardino Caballero, llegaba hasta un gran descampado, en las afueras de Barrero Grande, conocido popularmente como Ñu Guazú, al que los militares e historiadores brasileños llamarán por su traducción del guaraní Campo Grande.
La zona desde el estero Ypucú hasta el arroyo Piribebuy era conocida con ese nombre, Ñu Guazú, y el sector desde el Piribebuy hasta el inicio de la selva en Caaguy Yurú se denominaba Acosta Ñu (el campo de Acosta), porque en tiempos de la colonia española la vasta propiedad había pertenecido a un ciudadano portugués llamado Juan Blas de Acosta Freyre, exregidor y alcalde provisional de la ciudad de Asunción.
En algunos libros, por equivocación, se menciona al lugar con el nombre de Rubio Ñu, pero se trata de otro lugar.
