Nelson Mora analiza el trato a prisioneros

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El tratamiento dado a los paraguayos prisioneros fue absolutamente criminal, sostiene Nelson Alcides Mora en su libro “Las reparaciones de guerra”, que aparecerá el domingo con el ejemplar de nuestro diario, como último volumen de “A 150 años de la Guerra Grande”.

Nelson Mora recuerda en su obra que cuando cayó Uruguayana, cerca de cinco mil seiscientos paraguayos fueron víctimas de un gran vejamen físico. Los prisioneros paraguayos, a más de ser maltratados, fueron sujetos de los dos primeros crímenes de guerra, “que no fueron los mayores, pero sí el preludio de otros: el obligar a prisioneros a luchar contra su patria y el ser vendidos como esclavos”.

Los aliados decidieron repartirse los prisioneros en Yatay y Uruguayana. Los brasileños llevaron sus cautivos a su país, donde servirían como esclavos, mientras los uruguayos y argentinos unieron los suyos a sus respectivos ejércitos.

Pero si los prisioneros caídos en las manos de los brasileños eran transformados en esclavos, peor suerte tenían los que caían en manos del uruguayo Venancio Flores. León de Palleja, jefe oriental de origen español al servicio de la Triple Alianza, describe en su Diario “la incorporación de aquellos desdichados prisioneros para que clavaran la bayoneta en el pecho de sus hermanos”.

Los prisioneros paraguayos que se negaban a combatir contra sus compatriotas eran torturados con el cepo uruguayana o remitidos a las plantaciones de café como esclavos. “... no hay oficial de los tres ejércitos que no haya sacado su paraguayito”, dice Palleja.

El cepo uruguayana, como se lo llamó en el Paraguay, es el mismo cepo boliviano (especie de cuerno de guacamayo), versión occidental del cepo colombiano que trituraba el cuerpo por la presión de dos fusiles colocados en la espalda y en las piernas y unidos por un lazo. Es conocido en la marina británica y en los Estados Unidos como “bucking” (castigar atando los codos, muñecas y rodillas).

Los soldados asignados a los batallones de línea argentinos fueron obligados a pelear contra sus hermanos. Igual ocurrió con los prisioneros tomados en combate. “A los paraguayos prisioneros los hacemos pelear en nuestras filas, yo mismo tengo uno como asistente. Algunos se desertan no obstante el buen trato que reciben [...]”.

Tales crímenes tuvieron la protesta del mariscal Francisco Solano López, naturalmente sin resultados.

En su nota al presidente argentino, Bartolomé Mitre, el 20 de noviembre de 1865, protestando por el enganche forzado de prisioneros paraguayos en las filas de los aliados, López manifestaba: “...los que no han participado de tan inicua suerte han servido para fines no menos inhumanos y repugnantes, pues en su mayor parte han sido llevados y reducidos a la esclavitud del Brasil”.

Mitre respondería a la nota de López afirmando que “...lejos de obligar a los prisioneros a engrosar violentamente las filas de los ejércitos aliados o de tratárselos con rigor, han sido tratados todos ellos no sólo con humanidad sino con benevolencia...”.

Agregaba Mitre que si muchos de ellos han ingresado en las filas aliadas “...ha sido por propia voluntad”.