Para Uno, el imán que lo unió con la gloria

Repartía leche en los alrededores de Para Uno. La tentación de ser futbolista de un grande de nuestro fútbol era irresistible. Vivió bajo tribunas del estadio Manuel Ferreira y se empapó de gloria con el Olimpia, alcanzando títulos locales e internacionales, entre ellos, la Copa Libertadores en 1990. Es Adriano Samaniego Giménez, cuya historia la compartimos a continuación.

Adriano Samaniego dirige al 24 de Setiembre de Valle Pucú,  club en el que colgó los botines y se consagró campeón aregüeño como entrenador.
Adriano Samaniego dirige al 24 de Setiembre de Valle Pucú, club en el que colgó los botines y se consagró campeón aregüeño como entrenador.

Presentación. “Soy del barrio 3 de Mayo (Luque); nací y me crié acá. Mi mamá se llama Obdulia; mi papá, Santiago; mis hermanos: Obdulio, Gradys, Alba y Norma. Mis hijos grandes son Diana y Juan Adrián, y los chicos Tamara y Junior”.

De la mano de su progenitora. “Mi madre trabajaba en los alrededores del Olimpia; repartía carne y leche. Un día vio a los chicos que llegaban, porque entrenaban los sábados. Una vez mamá se presentó a la secretaría a ver cómo se podía hacer; me anotó a mí y a mi hermano, que es mayor que yo. Nos fuimos los dos y practicábamos en el Jardín Botánico. Cuando eso no había camino; iba a pata hasta el centro de Luque para agarrar la Línea 28 o 30 para ir a practicar, no tenía todavía vehículo en aquel tiempo. Así fueron mis inicios, difíciles y sacrificados”.

Actividades más intensas. “En las vacaciones nos íbamos en forma diaria. Era muy chico todavía: nueve, diez años; pero fuimos escalando. Estuve como cinco temporadas en la escuela de fútbol. A mi hermano le llegó el momento de ir al cuartel; dejó de asistir, y como ya me manejaba, me iba solo”.

El primer gran paso. “Llegó el momento de ficharme, tenía 15 años. Los directivos vinieron y hablaron con mi madre. Anteriormente, solo había dos categorías en inferiores y competíamos los sábados de tarde. Debuté en la Cadete en la cancha de Rubio Ñu e hice dos goles. Y así empezó mi carrera en el Olimpia”.

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Trabajo y fútbol. “Como era el menor de todos, llevaba solamente leche; la carne le tocaba a mamá. Repartía en los alrededores del club, y los domingos igual iba a Asunción con mi leche. Compré el diario y vi la foto cuando justo iba a marcar un gol en mi primer partido. Vine, le mostré a mamá y le dije: ‘No voy a llevar más la leche. Qué van a decir mis amigos, mis compañeros, si me ven ahí repartiendo’. No me dijo nada, y le mandó a mi hermana a repartir a nuestros clientes”.

Quemando etapas. “Cuando tenía 16 años, jugué en la Infantil, que iba hasta los 19 años dentro de la temporada. Era flaquito, chiquitito, sin la fuerza de los que tenían mayor edad. En un ciclo marqué 18 goles, y al siguiente año, cuanto tenía 17, ya la gente de arriba me tenía en la mira”.

Bajo del cemento. “En esa época ya vivía en el club, porque mi madre no tenía la capacidad económica para darme la plata y mandarme todos los días a practicar. Los directivos nos hicieron un salón debajo del Norte, hacia España, y ahí inauguramos ese local con 10 compañeros que eran del interior. Nos daba de comer la conocida Ña Martina, quien cocinaba para nosotros”.

Inesperado llamado. “Una mañana lluviosa, con un frío tremendo, vino corriendo Gabino (Ortiz, en utilero), golpeó todo mal la puerta, temprano, a las 07:00, y me dijo que el profe quería que me fuera porque le faltaba un jugador para completar el equipo. Salí corriendo, entré y me preparé con los ‘monstruos’ que estaban, la mayoría de los campeones de América del 79, mayores casi todos. El que estaba también y que debutó en Primera a los 15 fue Rafael Bobadilla, dos años menor que yo”.

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Una buena impresión. “En la práctica marqué dos goles, y el técnico era Roquito Fernández, un uruguayo con el que salimos campeones en 1981. Me quedé en el plantel principal, y cuando pedía por mí la directiva de las inferiores me iba y jugaba en la infantil algunos partidos importantes, contra Cerro Porteño, Guaraní, Libertad, Luqueño, que en aquel tiempo también era fuerte. Tuve 18 partidos y marqué 29 goles; salí goleador en el 81 y campeón ya en Primera”.

Todo pasó rápido. “Por suerte, no tardé mucho en integrar el primer equipo. En las inferiores jugaba de centrodelantero, de 10, muy poco por afuera; lo hacía más por dentro y hacía muchos goles, porque tenía velocidad, potencia y le pegaba bien también a la pelota”.

Un ídolo. “Crispín Rafael Verza. Vino al club, y te quería mostrar la forma en que jugaba, como manejaba la pelota. A mí me impresionó, y desde afuera le gritaba, le animaba y decía cosas. Ahora, cuando nos encontramos, siempre de acuerda de eso. Tuve el privilegio de debutar y jugar con él; me dio muchos consejos”.

Experiencia internacional. “Mi primera salida del país fue México. Lastimosamente, sufrí fractura; me compró el América, me traspasó al Necaxa y estuve ahí un año y siete meses, hasta que tuve un problema con ellos y regresé al Paraguay. Por ese inconveniente me suspendieron dos años; no jugué en el 88 y 89. En el 90, Olimpia me trajo de vuelta”.

Sus ingresos. “De la plata que me gané me hice una casa, estaba lesionado también y, bueno, construí una vivienda en Luque”.

El recorrido detrás de la pelota. “Olimpia, Necaxa, luego retorné a mi club de origen; fui a Junior de Barranquilla, también jugué seis meses en Independiente Santa Fe, volví a Olimpia, luego estuve seis meses en Guaraní y ya no podía seguir jugando porque me había operado de la columna, hernia de disco; no podía hacer más esfuerzo y terminé en el 24 de Setiembre de Valle Pucú. Los amigos me dijeron que seguiera jugando, y como no había tanta exigencia, jugué unos partidos ahí, donde cerré mi carrera futbolística”.

Las conquistas. “Tengo ocho títulos locales con Olimpia. Antes, eran campeonatos anuales y no dos torneos como hoy. A nivel internacional, tengo la Copa Libertadores de 1990. Soy el único paraguayo en ser goleador de ese prestigioso torneo y campeón a la vez. También conquistamos la Supercopa, la Recopa; jugamos la Intercontinental contra el Milan, es decir, somos subcampeones del Mundo, y perdimos definiciones de la Copa Conmebol frente al Atlético Mineiro y la Libertadores contra Colo Colo”.

Un accidente. “Lo que me pasó es que antes del segundo partido final contra Colo Colo salí con unos amigos y, bueno, lastimosamente se me cayó una pistola y, del piso, lastimosamente, me afectó un tobillo, y por esa razón no pude jugar la revancha”.

La dirección técnica. “En el 98 colgué los botines, y al año siguiente Luis Cubilla me invitó a integrar su grupo. Me dieron la dirección de la Reserva; estuve siete años, luego, cuando no trabajaba por Asunción, lo hacía en el interior, en el Pettirossi de Richart Báez (Capiatá), salimos campeones en el 2002; en 24 de Setiembre, con el que obtuvimos también título aregüeño y ascenso de la Primera C a la B en la APF; en Mariscal López de Itauguá, Martín Ledesma y 2 de Febrero de Capiatá, Teniente Fariña de Caacupé, en el Julio Correa de Luque, cuando estaba suspendido; salí campeón cuando estaba suspendido como jugador y fui técnico del Deportivo Santaní en la categoría de Honor”.

Tarea de asistente. “Primeramente, trabajé con Alicio Solalinde como ayudante principal; luego, con Éver Hugo Almeida. He aprendido muchísimas cosas de los dos, grandes compañeros, grandes jugadores con los que compartí en el club. Son grandes maestros para mí. El aprendizaje es permanente”.

La Albirroja. “En la selección entré al repechaje en el 85, era el goleador del fútbol paraguayo en ese año, y Cayetano Re me convocó: jugué algunos partidos, me clasifiqué con ellos al Mundial de México 86. Lastimosamente, antes de ese gran evento tuve una fea lesión y no pude integrar el plantel, pero me considero un mundialista también porque colaboré para que Paraguay estuviera nuevamente en una Copa del Mundo después de 28 años”.

Su relación con Osvaldo Domínguez Dibb. “Fue muy buena. Él me apreciaba muchísimo; un señor que sabe de fútbol. Le manejaba a todo el mundo, sabía expresarse, hablaba fuerte, te decía la verdad. Tuvimos muchos encontronazos, pero siempre con respeto. Me enfrentaba, y yo le enfrentaba más duro; eso le gustaba también. Ganamos muchas cosas juntos. Es mi padrino de casamiento, de mi primer matrimonio”.

El fútbol. “Es una profesión, un juego en conjunto, que tiene sus responsabilidades. En Olimpia ya se agarraba en serio las cosas; nadie quería perder. Por eso también me formé con un carácter ganador; no quiero perder partidos. Cuando dirijo, quiero ser campeón, siempre transmito a mis jugadores eso: que si llevan en serio esto, podrá ganar la plata que necesita para vivir de este trabajo hasta la muerte”.

vmiranda@abc.com.py

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