De futbolista a guardiacárcel

No es un paso muy común el que dio en su vida. Fue un destacado jugador en una época en la que el fútbol no ofrecía grandes recompensas económicas. Luego de colgar los botines, un amigo le ofreció a Luis Molinas un trabajo que lo aceptó sin saber cuál era la función que debía desempeñar: agente penitenciario. Su experiencia como deportista y su vivencia en Tacumbú le brindan la suficiente autoridad para aconsejar a los jóvenes que no se metan en cosas turbias, porque pueden terminar bajo su cuidado.

Composición de imágenes de Luis Molinas en su época de futbolista y en su función actual de guardiacárcel.
Composición de imágenes de Luis Molinas en su época de futbolista y en su función actual de guardiacárcel.Archivo, ABC Color

Luis Magno Molinas Rojas nació en Asunción el 11 de abril de 1969. Es del populoso barrio Republicano, hijo de don Vicente y doña Julia. Sus hermanos son Luis Miguel, Alberto Rubén y Nélida. Su pareja es Patricia y sus hijos son Alfredo, Alexis, Tania, Augusto, Luisana y Emiliano.

Un tipo alegre, hasta el momento de sentar cabeza, un amigo de las noches. A los cinco años fue a la escuela de fútbol Arsenio Erico del Salesianito, en las inmediaciones del Mercado 4, donde trabajaban los miembros de su familia, algunos de ellos hasta la actualidad.

“El marido de mi mamá me llevó a la escuela de Olimpia, donde estuve hasta la Precadete”. Como antes en inferiores competían solo con la cédula, su primer fichaje lo hizo en Nacional (La Academia), donde estuvo hasta ir al cuartel, dejando la actividad oficial por unas tres temporadas. “En las Fuerzas Armadas jugábamos al fútbol de manera permanente y salimos campeones en varios certámenes”.

Luego del cumplimiento del servicio militar obligatorio, “me invitaron a jugar un torneo en Pablo Rojas y el entonces presidente de Pettirossi, Darío Núñez, me llevó a su club, donde actué en el Ascenso”.

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Su siguiente parada fue el Deportivo Recoleta, de la mano de Alberto Modesto. “Se fue Cayetano Re a mirarme y me propuso ir a Guaraní. Cuando todo estaba listo mi traspaso, le sacaron al profesor”, por lo que se frustró su marcha a la “toldería”.

De nuevo al terreno “funebrero” y con la vuelta de “Cayé” a Dos Bocas, Molinas fichó por el Legendario en una temporada en la que “Olimpia salió campeón por decreto”.

El 8 de Diciembre de Caaguazú le abrió sus puertas para la Copa República. “Hicimos un campañón” y al año siguiente jugó en Presidente Hayes, Nacional, hasta que Epifanio Rojas lo llevó a Tembetary, donde fue goleador de la temporada con 14 anotaciones, destacándose por sus celebraciones con llamativas coreografías. “Prácticamente fui yo el que empezó con esos festejos medio locos”.

Su primera experiencia internacional fue Independiente Santa Fe, en Colombia, con el que jugó la Copa Merconorte y posteriormente Caracas FC, en Venezuela.

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“Estuve en Luqueño y mi pase no llegó a tiempo, por eso pasé a Hayes”. Sus siguientes elencos fueron San Lorenzo, con el que compitió en la Copa Conmebol contra Paraná Clube.

En el 2000 jugó la Libertadores con Colegiales y la etapa final de su carrera fue en Recoleta y Pettirossi, con una valiosa experiencia en 1997 en la Copa de Oro LPF-UFI con la Liga Central. “Estuve en varias ediciones de la Copa de Campeones con 8 de Diciembre y siempre quedábamos al margen en penales”, recordó.

“Después me cansé, ‘che pila’i’, pero tengo una larga trayectoria. Plata no se ganaba, siempre digo, si te querían pagar, te pagaban. Ahora en un año le salvás a tu familia, hasta a tu perro. Es difícil creer que en el nivel en que jugábamos nosotros no haya existido el ingreso que hoy se tiene”.

El tope salarial que tuvo fue de 2.500 dólares, “que ahora en una semana se gana”. Y el menor sueldo en el profesionalismo fue de 600.000 guaraníes en Presidente Hayes, en 1996. Había que arañar las paredes para llegar a fin de mes.

Era un talentoso “10” convertido en el presente en un recio “5” por el trabajo que cumple, pero el mismo Luis nos habla de sus características. “No era chuleador, mi fuerte era el pase gol, el tiro libre, ejecutar el corner, la pelota parada. Asistí más de lo que marqué en principio, hasta que una vez el entrenador ‘Peíto’ Rodríguez me agarró una vez y me dijo: ‘está todo bien que mandes a hacer gol, pero a veces frente al arco le das a tu compañero la pelota. Si no metés, no te vas a ir a ningún lado’ y tenía razón”. La recomendación la tomó muy a pecho y se transformó en un eximio definidor. Su época de pasador había quedado atrás.

Es amante del picadito de carne que prepara su madre y del tallarín de su patrona. Y a la hora de “hidratarse” muchas opciones no tiene: “cerveza o cerveza”.

En cuanto a lo musical, es un vallenatero por excelencia. La gente que conoce de ese género, de inmediato se imaginará que sigue a Celedón, Centeno, Velásquez, Manga, Silvestre y demás, pero aclara que es tradicionalista. “Noo, soy de la vieja escuela, de Rafael Orozco, Diomedes Díaz, hermanos Zuleta, Silvio Brito, los Embajadores Vallenatos”.

La nota estaba casi terminada, hasta que surgió la consulta de la actividad que cumple. “Estoy en el Ministerio de Justicia como guardia”. Hasta ahí parecía normal, hasta que se soltó y dijo que desde el 2004 está en Tacumbú como guardiacárcel.

Convive con personas que no son precisamente “nenes de pecho”, aunque utiliza su experiencia para sobrellevar las cosas que se presentan. “Desde noviembre estoy en la cárcel modelo La Esperanza (al lado de Tacumbú), donde están todos condenados y ya no hinchan tanto las bolas”.

“Cuando entré recién nadie me hacía caso, ‘mba’e futbolista pea pe ry’e gua’a’, decían”, porque estaba un poco sobrealimentado, algo gordito. Llegado el momento de jugar un partidito, les hizo doble 6-0. Es que el zorro pierde el pelo, pero no la maña.

“Ahora están saliendo en libertad muchos presos por el tema del covid-19, dos por semana, esos que están por purgar todo su condena o los que tienen inconvenientes de salud”.

El trabajo de guardia lo tomó por sorpresa. “La verdad uno nunca piensa llegar a eso. De repente la gente ve con malos ojos este tema de ser agente penitenciario, pero en el día a día uno se da cuenta de la responsabilidad que tiene con gente que vive al margen de la ley. Esto surgió nomás; mi amigo Julián Riquelme, entonces presidente de la Seccional 34 me alzó de la calle y me llevó. ‘Vamos te voy a dar un laburo pues ya no creo que jueges mucho más’ me dijo porque tenía 35 años ya. Y fui sin saber para qué era”.

Custodian una zona relativamente tranquila, aunque siempre deben estar atentos por cualquier eventualidad. Como se dice, cocodrilo que duerme, se convierte en cartera. “Gente famosa no tenemos ahí en La Esperanza. Por ejemplo esos que vaciaron bancos están en la Granja Ko’e Pyahu o Tacumbú. Hace poco ABC hizo un recordatorio de los presos más antiguos, Sixto Brun y Juan Paredes. Sixto es limpiador y encomendero, mientras que Juan hace forrado de termos”.

Un consejo a los jóvenes, principalmente a los futbolistas. “Lo que les podría decir es que cuiden su imagen, que no se metan en cosas turbias, porque la pueden pasar muy mal. Aquí recluidos por ejemplo deben compartir con gente que no es muy buena que digamos y podrían caer en los vicios, que ya sería tocar fondo, después de vivir una vida moderamente linda. Que aprovechen su momento porque el fútbol no es eterno. Que inviertan bien su plata pues hay muchos jugadores que jugaron en Europa, mundiales con la selección y hoy día no tienen nada”.

Para cerrar, nada mejor que una pizca de humor, una anécdota. “Nos fuimos de pretemporada a Villa Florida con Colegiales, estábamos por jugar la Libertadores. Nos hicieron correr como dos horas en arena y teníamos que terminar con el paso de un arroyo nadando. El tramo no era largo, pero sí hondo. Yo, pequeño y livianito, pasé tranquilo, pero el que me seguía era enorme, Juan Matto”. Mientras tomaba aire tras cumplir su consigna vio al compañero hundiéndose, por lo que el profesor Juan Zacarías gritó “Luis ejepo’i, ejepo’i para salvarle”. Tuvo que desoir la orden del entrenador. “Cómo pico voy a salvarle si era chiquito y Matto es enorme. De última íbamos a ahogarnos ambos. Entonces le tiramos una piola, se agarró de la misma y le sacamos”. Parecía cuento terminado. El atleta efectado por su fallido ensayo como nadador apenas se estaba recuperando y le sirven para alimentarse caldo de pescado. “El amigo estaba lleno de agua, porque tragó bastante durante el rescate y le traen otra vez para consumir algo líquido”.

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