El martes 11 de febrero de 1969 nació Ceferino Villagra, hijo de don Martín Figueredo y doña Josefina Villagra. Están entre cinco hermanos y se caracterizan por conformar una unida familia.
En cuanto a su apodo, el deportista del barrio San Pedro de Ñemby significó que “desde chico me decían Tahýi (hormiga) y cuando jugué en Primera, Julio González Cabello me puso Hormiga Atómica”, por la explosión de su juego, desempeñándose en el puesto de puntero izquierdo.
Antes de ir al Ciclón militó una temporada en el Fulgencio Yegros, pero sin ficharse. En el club del pueblo, en barrio Obrero, su progenitora trabajaba como ayudante de cantina y lo llevó. “Ikatu oiko mba’e”. El pequeño de 1,65 m. de estatura había superado las expectativas para transformarse en jugador de fútbol, nada menos que en uno de los grandes de nuestro medio.
“Mi debut con el equipo principal fue en 1988 contra San Lorenzo. Nuestro entrenador era Ángel Jara Saguier y el partido fue en el Defensores del Chaco; fue con un empate”.
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Fue un largo recorrido de victorias y consagraciones, además de salidas al exterior y retornos con renovados bríos. Oriente Petrolero de Bolivia y Provincial Osorno fueron sus primeros clubes fuera del país.
Deportes Concepción, Arturo Fernández Vial y Deportes Ovalle fueron otros clubes en los que estuvo en el país trasandino, mientras que aquí igualmente defendió los colores de Guaraní, General Caballero de Zeballos Cue, General Díaz y Resistencia.
En el ocaso de su carera, jugó en Juventud Ypanense, 6 de Diciembre y Curupayty, hasta pasados los 40 años.
“Cuando a un jugador de mi época le preguntan si ganó mucha plata, todos dicen lo mismo. Es que ahora recién se gana, antes, poco o nada. Solo si salías campeón tocabas un dinero importante. Nos dividíamos el premio dependiendo de la cantidad de partidos. Recuerdo que compré un ‘golcito’ (VW Gol). Ahora te podés comprar 20 de esos autos”.
“En Cerro ni un millón de guaraníes cobraba. A Chile iba prácticamente por el sueldo, con un poco de prima. Mandaba mi platita y así fui construyendo mi casita. Invertí un poco y ayudé a mi familia, mi gente”.
“Fui cerrista desde chico y mi sueño era jugar ahí. Tuve muy buenos momentos, excelentes compañeros, salí campeón, me convocaron a la selección para algunos amistosos internacionales y estuve en la previa de una Copa América, con Carlos Kiese, pero no fue. En principio me dolió un poco ese hecho, pero luego se me pasó”.
“Compartí mucho con grandes de la talla de Carlos Gamarra, Francisco Arce, Justo Jacquet, el gran capitán, Teófilo Barrios, Roberto Fernández, solo por citar a algunos. Tuve técnicos excelentes como Nino Arrúa, mi ídolo personal, el más grande en la historia de Cerro, Ángel Jara Saguier, Carpegiani, Markarián, Peíto Rodríguez que trabajaba con Valdir Espinosa”.
En el estudio, “fui un alumno excelente; siempre decía vengo a estudiar, no para joder”. Es la misma rectitud con la que se desenvuelve.
“No tomo ni fumo. Si alguien dice le vio a Ceferino en un bar en Ñemby borracho, se equivoca. La gente no me va a señalar por eso, sería algo vergonzoso. Soy muy kaigue luego para la farra”.
En los certámenes Séniors en los que participa, termina el segundo tiempo y directo a casa, no queda para “el tercero”. “El amigo de verdad no te insiste luego en tomar, les acompaño ahí un rato. Mi premio si gano es la gaseosa, Fanta, Guaraná, porque no da gusto retirar nomás otra vez la plata. A veces mi hermano me lleva a casa y luego retorna a compartir con los amigos”.
Le gusta la música. “Cachaca piru, euro retro y demás”. Para comer, no tiene problemas. “De todo, puchero, milanesa, pollo, lo normal, nada raro”.
Recuerda con agrado a Estanislao Struway y Pedro Garay. “Siempre fui serio, pero ellos le daban alegría al grupo y uno se reía”. Algunos de sus referentes en el fútbol son Zinedine Zindane, Ronaldo Nazario y Michael Laudrup. “También el brasileño Eder, mi compañero, jugador excelente, mundialista. Nunca pude tomarme una foto con él, compartimos vestuario, pero no tengo una foto, nunca le pedí”.
“Me siento satisfecho por lo que hice, porque por ahí muchos no pudieron llegar a lo que llegué. Logré estar en Cerro, se acuerdan bien de mí, nadie me quita de la historia, hice goles importantes y que alguien insignificante como yo haya pasado la frontera para jugar al fútbol es algo muy bueno”.
Villagra es el famoso “mboriahu ryguata porã”, que como casi todos, debió superar una época de vacas flacas. “Para el recreo, ijetu’u. A veces naranja, picadillo, sándwich. Cuando era mitã’i trabajé con mi tío, pero gracias a Dios tengo una mamá sacrificada, que nunca nos permitió vender cosas por la calle, por ejemplo. No es por discriminar, pero hizo todo el esfuerzo para darnos lo que en ese momento necesitábamos”.
Su presente. Profesor del Colegio Técnico Dora Giménez y entrenador de la escuela de fútbol de la Cooperativa Ñemby. “Mis alumnos me preguntan si es cierto que jugué a nivel profesional y les dije que sí. Siempre mantuve un perfil bajo, soy tímido. Ahora hablo más, soy más argel. No me quiero luego agrandar en lo que fui como deportista; que la gente lo haga si considera”.
“Soy una persona feliz, tengo mi casa, no le debo a nadie y dispongo de un pequeño ahorro, akaru imi hese, pero por suerte en mi función de docente trabajamos con las clases virtuales, siendo remunerado. Mi mayor logro es que mis alumnos, mis amigos se recuerden bien de mí”.
Una de las anécdotas que recuerda es que en un viaje a Colombia con el plantel de Cerro “se descompuso el avión; ‘hendy lento la turbina’” y también hendy kavaju resa. “Cuando pasa eso no existe persona que no se asuste, más en un avión que sabés en qué momento te subís, pero no cuándo vas a bajar. Se dice que es el móvil más seguro, pero me queda el beneficio de la duda”, más aún con semejante experiencia.
