El fútbol, cada vez más está almidonado y regulado. La FIFA va extinguiendo las actitudes cristalinas e instintivas de sus protagonistas, el campo de juego es el paisaje promotor, es la musa del futbolista libre y genuino. Las reglamentaciones de comisaría cercenan, agobian y constriñen al futbolista, cada vez más se lo censura y su libre expresión está condicionada y aplacada. A este paso, dentro de poco el fútbol se jugará en las oficinas, en los dormitorios, sobre alfombras felpudas y campos de algodón.
Debido a tantas disposiciones, el fútbol de hoy se va desluciendo y hasta cambiando su esencia, más por negocio y vedetismo que por otra cosa. En tropel, agentes extraños y mimetizados en el fútbol contaminan desde las federaciones a los actores directos de este deporte. Suspiro por el fútbol de siempre, cada vez más sin encanto.
La furia y la libertad de contacto son la médula del fútbol donde la identidad y la tradición se funden con la destreza y la armonía, la desenvoltura es el cortejo de este juego. Los atletas quieren pugnar en defensa de sus colores como lo hace una fiera por su presa porque esta no es una competencia de peluches.
Históricamente, en este “deporte” ocurrió de todo: un codazo, una trompada, un rasguño, un pinchazo, un dedo en el trasero, un salivazo, un apretón de genitales, un puntapié al cuerpo, una estirada a la cabellera, un cabezazo, un rodillazo, un machaque... y ahora un mordisco. Esto es fútbol, atributo, contenido, substancia, es el condimento que decora el talento, la capacidad, la inteligencia, el sacrificio y la entrega. Al fútbol, dejémoslo ahí con sus artimañas, la FIFA lo raquitiza.
La sangre brotada siempre existió, en este caso es el “símbolo” de la garra y la abnegación. Antes era el “circo romano”, luego el “calcio stórico o fiorentino”, ahora el “fútbol reglamentado”, siempre espectáculo de hombres prestos para la lucha. Pero fueron los ingleses de “sangre azul” los que, alarmados por la libertad de contacto, la enjundia, la bravura y la “brutalidad” de los protagonistas, lo reglamentaron para “suavizarlo”, creando de esa manera dos disciplinas por separadas: el rugby y el fútbol. Aún así, quedaron flancos para la imaginación como el mordisco de Luis Suárez.
Celebramos la llegada de un “vampiro” moderno al fútbol, era lo que faltaba, que las defensas se ingenien y vean cómo articular sus estacas para contrarrestar al colmilleador que hace de las suyas en las canchas. Drácula está de parabienes, porque resucitó en un Mundial de Fútbol, este engendro del siglo XXI no succiona yugulares femeninas, se dedica exclusivamente a la pelota dicharachera, a marcar goles y a inquietar a los defensores que se asustan y no pueden con él.
Las serpientes, con su mordedura, inoculan veneno y degluten a su presa, solo dejan un rastro, un moretón y no saborean ningún bocado canibalesco. Cuántos mordiscones hemos dado y hemos recibido de niño, como simple mecanismo de “amparo y resistencia”.
Lástima por el jugador italiano Giorgio Chiellini, quien fue muy candoroso al mostrar su hombro izquierdo al árbitro para indicarlo casi con lamento: “mirá, me mordió”, hubiese esperado una oportunidad para tomarse la revancha de igual forma o con algún ingenio que pudiera inventar: una pisotada o un catarrón. Por eso aplaudimos al árbitro mexicano Marco Rodrigues por no haber sancionado la acción y por no interferir en cuestiones pueriles, propias de una competencia sin cuartel.
El codazo del italiano Mauro Tassotti, la corneada del francés Zinedine Zidane, el bocanazo del alemán Oliver Kahn, el escupitajo del paraguayo José Luis Chilavert y muchos otros casos fueron actos de mera bribonada futbolera. Para estos acontecimientos, el jugador afectado se reserva pacientemente el derecho a réplica. Así es el código que impera en esta competencia, un verdadero duelo, el desafío o el guante recogido presto para la lucha.
Un mordisqueo es fina estampa, cuántos labios se han mordido bajo el influjo de un encanto o de algún enojo, nunca ha pasado nada, porque esa acción es parte de cualquier semblanza o anecdotario.
Pero en una competencia a puro roce, garra y pujanza, al encontrarse el guerrero con un hombro en el camino en medio del fragor de una “batalla”, pegarle un mordisco a ese “obstáculo” es digno de ensoñación, de ponderar el repertorio que el “soldado” esgrimió en fracciones de segundos. Es una simple lucha de caballeros con travesuras, es una brega natural, pura y silvestre.
El libertador oriental José Gervasio Artigas dejó a las generaciones futuras un pensamiento medular: “por nuestros sueños, pelearemos con palos, uñas y dientes”. Suárez hizo honor a ese proverbio, moraleja del espíritu charrúa. Este jugador es un uruguayo de ley, de pura cepa, auténtico, fiel expresión del Uruguay.
Que esta crónica sea un alegato a favor de Luis Suárez, un delantero atrevido, como queremos todos, temido por sus antagonistas. Esos adversarios que lo tratan de parar con un montón de astucias y verdaderos “atentados”, peores que los colmillos de un canino, reflejan una profunda debilidad y un sinnúmero de limitaciones. Al respecto, Suárez jamás se quejó de esas “caricias” recibidas, simplemente porque el ímpetu, las corridas y los goles son su verdad irrefutable.
Hoy día, las mordeduras de los perros Pitbull son criminalizadas, en el mismo sendero se pretende encasillar al jugador uruguayo. A este paso, lo único que falta es que la FIFA le haga jugar en adelante con bozal y a los demás futbolistas con vacuna antirrábica.
Y... ¿quién castiga a la FIFA por los actos de indisciplina en que incurre a diario? El Fair Play (juego limpio) instaurado es pura careta para engañar y aparentar, una comparsa para acrecentar los negocios de una casta avivada y expoliadora. La praxis de la FIFA aflora en toda su extensión: “Haga lo que yo diga y no lo que ya haga”. Una dictadura sin asco que persigue la emancipación del fútbol y los futbolistas.
En conclusión, ¡sensacional dentellada!... una ocurrencia fascinante... un atajo pícaro... una inspiración primorosa... ¡qué improvisación!... fue el jazz del fútbol... pura espontaneidad... Las mañas en el balompié siempre existieron y muchos peores que un simple mordiscón... los artificios no deben ser perseguidos ni aniquilados, hay que dejarlos que fluyan, simplemente porque son el condimento, el bouquet del fútbol.
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