La indolencia y la suciedad, cóctel propicio para el dengue

Como es sabido, con mucha antelación el año pasado ya se presagiaba que el dengue iba a caerle con todo a la población, sin que a nadie –ni las autoridades sanitarias ni mucho menos la población– se le ocurriera reaccionar y adoptar las firmes medidas preventivas que requería el caso. Recién después de que el mosquito comenzara a cobrar sus primeras víctimas se produjo el tradicional zafarrancho de combate, pero ya la enfermedad se encontraba bien posicionada. Una de las peores enfermedades, hasta si se quiere mucho más grave que el mismo mal que nos ocupa en la actualidad, es la desidia, que se ha metido hasta los tuétanos de la cultura paraguaya, y está profundamente arraigada en los habitantes y la clase dirigente de nuestro país. Increíblemente, pese al serio cariz que rodea el caso, es notorio hasta qué punto la población está embarrada en la indiferencia. El brote periódico de esta enfermedad continuará su curso más demoledor si no existe una reacción enérgica de autoridades y la población, aplicándose las medidas punitivas a los “puercos” que no limpian sus propiedades.

Como es sabido, con mucha antelación el año pasado ya se presagiaba que el dengue iba a caerle con todo a la población, sin que a nadie –ni las autoridades sanitarias ni mucho menos la población– se le ocurriera reaccionar y adoptar las firmes medidas preventivas que requería el caso. Recién después de que el mosquito comenzara a cobrar sus primeras víctimas se produjo el tradicional zafarrancho de combate, pero ya la enfermedad se encontraba bien posicionada.

De acuerdo al informe de Salud Pública, desde el inicio de este año hasta la fecha se notificaron 85.290 cuadros sospechosos de dengue, siendo 4.295 personas las que fueron confirmadas con la enfermedad. La cifra de fallecidos escaló a 16, mientras 89 defunciones están bajo sospecha. Los expertos en salud vaticinan que al cierre del mes de febrero, la actual epidemia puede llegar al punto más crítico.

Una de las peores enfermedades, hasta si se quiere mucho más grave que el mismo mal que nos ocupa en la actualidad, es la desidia, que se ha metido hasta los tuétanos de la cultura paraguaya, y está profundamente arraigada en los habitantes y la clase dirigente de nuestro país. La ciudadanía recordará que en octubre de 2019, la misma Dirección de Vigilancia del Ministerio de Salud lanzó una alerta para que la población se prepare y extreme precauciones ante un posible fuerte brote de dengue para los días que estamos viviendo, teniendo en cuenta que –de acuerdo al aviso emitido– se estaba dando el mismo patrón histórico que antecedió a las grandes epidemias de 2013 y 2016. Pero, lamentablemente, tanto la ciudadanía como las propias autoridades “se tomaron con soda” dicha alerta, y así se llegó a la grave situación en que nos encontramos, con numerosos fallecimientos y hospitales abarrotados –por encima de su capacidad– de pacientes.

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Increíblemente, pese al serio cariz que rodea al caso, es notorio hasta qué punto la población está embarrada en la indiferencia, pues sigue habiendo criaderos propicios para el mosquito Aedes aegypti, y algunas personas hasta se resisten para que les sean limpiados sus terrenos. Esta enfermedad, además de trágica, resulta sumamente onerosa, tanto en la pérdida laboral de horas/hombre, como en el costo de medicamentos y pago de indemnizaciones por reposo. Pero la epidemia podría haber sido mucho más llevadera y tener un costo menor si se hubieran tenido en cuenta las advertencias y adoptadas las medidas preventivas. Por eso, en la actualidad ya es como darse de cabeza contra un muro, pues los intentos de mitigar la propagación del mosquito trasmisor de la enfermedad ya son solo medidas paliativas, es decir, “hemos llegado tarde”, como se dice. Y como siempre ocurre, se declaran las medidas extremas, como la “emergencia sanitaria” dictada por la Cámara de Senadores, que no siempre tienen los resultados esperados. Además, en estos casos surgen las sospechas de que las autoridades no dicen toda la verdad sobre la cantidad de afectados por la enfermedad. Al respecto, la senadora Desirée Massi (PDP) sugiere “sincerar el registro”, porque, a su criterio, “por cada caso notificado, probablemente nueve sea el subrregistro”. Se refirió también, y con toda razón, a los jefes comunales, a quienes apunta como los grandes responsables de la suciedad que existe en sus ciudades. “La batalla más importante se perdió y los intendentes son los generales”, sostuvo.

La experiencia indica que la aparición cíclica de esta enfermedad ya no debería ser un problema para nuestro país, sino que debería haber suficiente experiencia y capacidad para manejarla. En efecto, este flagelo hizo su aparición en 1989, luego en 2000 y 2007, año este cuando se registró un brote con el serotipo 3, y se produjeron las primeras muertes, agudizándose la gravedad en 2013, siendo el peor año registrado hasta la fecha, ya que según las autoridades del Ministerio de Salud se confirmaron 150.000 casos y 252 fallecidos, alto porcentaje para un país que tiene un poco más de 7 millones de habitantes.

El brote periódico de esta enfermedad continuará su curso cada vez más demoledor si no existe una reacción enérgica de autoridades y la población, aplicándose las medidas punitivas a los “puercos” que no limpian sus propiedades. En este sentido, varias instituciones públicas –incluyendo hospitales– no les han ido en zaga a los ciudadanos desaprensivos, ya que sus predios han estado y están llenos de chatarras y desechos.

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Ya es tiempo de que los ciudadanos y las ciudadanas tomen conciencia de la necesidad de actuar en beneficio propio limpiando sus propiedades, sin esperar que las autoridades vayan a picanearles para sacudirse de su irresponsabilidad. Al respecto, en nuestro editorial del 22 de abril de 2019, bajo el título “El combate al dengue debe comenzar por casa”, decíamos como corolario del escrito: “Está muy bien criticar a las autoridades venales o ineptas, pero hay que reconocer que muchos de nuestros males derivan no solo del desconocimiento, sino también, de la indolencia de la gente. Los vecinos puercos merecen también un escrache”. Y, lamentablemente, todo sigue igual.

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