Marito se olvidó de la corrupción

El informe de gestión que presentó ayer el Presidente de la República al Congreso por el inicio del periodo legislativo es una bofetada a la ciudadanía. Cuando este Gobierno decidió el 11 de marzo paralizar el país por la pandemia del covid, el pueblo entendió la situación y le correspondió a costa de un enorme sacrificio, con enormes perjuicios económicos, retroceso en la educación y renuncia a muchos de sus derechos constitucionales. A cambio el Gobierno se comprometió a preparar el sistema sanitario, para lo cual se pusieron todos los recursos a su disposición, con un cheque sin precedente de 1.600 millones de dólares. Casi cuatro meses después, seguimos como al principio, hasta nos dicen que podría ser necesario volver a fase cero en la cuarentena, apenas 4 millones de dólares se ejecutaron en salud pública en medio de escándalos de corrupción y una pobrísima gestión, pero Mario Abdo Benítez ni siquiera tuvo el decoro de reconocerlo sin ambigüedades y de asumir responsabilidades.

El informe de gestión que presentó ayer el Presidente de la República al Congreso por el inicio del período legislativo es una bofetada a la ciudadanía. Cuando este Gobierno decidió el 11 de marzo paralizar el país por la pandemia del covid, el pueblo entendió la situación y le correspondió a costa de un inmenso sacrificio, con enormes perjuicios económicos, quiebras de sus emprendimientos, pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo, retroceso en la educación de sus hijos y, no menos importante, renuncia de muchos de sus derechos constitucionales. A cambio, el Gobierno se comprometió a preparar el sistema sanitario, para lo cual se pusieron todos los recursos a su disposición, con un cheque sin precedentes de 1.600 millones de dólares. Casi cuatro meses después, seguimos como al principio, hasta nos dicen que podría ser necesario volver a fase cero en la cuarentena, apenas 4 millones de dólares se ejecutaron en salud pública, en medio de escándalos de corrupción y una pobrísima gestión, pero Mario Abdo Benítez ni siquiera tuvo el decoro de reconocerlo sin ambigüedades y de asumir responsabilidades.

En efecto, aparte de preciarse de la rapidez con que tomó ciertas “medidas drásticas” para reducir el impacto de la pandemia, así como de la construcción de dos hospitales de contingencia y la creación de más de 60 albergues para compatriotas que vuelven del exterior, el Presidente admitió que, hasta ahora, el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social (MSPyBS) ¡solo ha ejecutado cuatro millones de dólares del total de 94 millones que el de Hacienda le transfirió como parte de los créditos por un valor total de 1.600 millones de dólares, autorizados por la ley que declaró el estado de emergencia! Aparte de callar que, en cambio, se está ejecutando todo lo programado para mantener la pesada burocracia y financiar la insostenible Caja Fiscal, el primer mandatario trató de justificar el desperdicio con que el Ministerio habría preferido invertir su propio Presupuesto original, sin hacer la menor alusión a la descomunal corruptela –hoy judicializada– en torno a las compras directas de insumos médicos. Ella fue constatada no solo por la Contraloría General de la República, sino también por el propio Poder Ejecutivo.

La ineficiencia y la corrupción que permean todo el aparato estatal no han dejado de manifestarse durante la crisis sanitaria, impidiendo que el Paraguay tenga suficientes camas, mascarillas y equipos de bioseguridad, de importancia vital para enfrentar el covid-19. Ellas han quedado en evidencia no solo en el caso de los insumos chinos rechazados por el MSPyBS, sino también en el de los bienes comprados a sobreprecio por Édgar Melgarejo en la Dirección Nacional de Aeronáutica Civil (Dinac) y por Patricia Samudio en Petróleos Paraguayos (Petropar). Mario Abdo Benítez omitió referirse a estos escándalos de marca mayor, para dedicar, en cambio, varios párrafos a la superflua Oficina de la Primera Dama, que habría asumido un “rol protagónico en la región como la principal impulsora de la Alianza de Primeras Damas de Latinoamérica”.

De hecho, con respecto a una de las lacras antes señaladas, el jefe de Estado solo dijo poco más que “estamos promoviendo la transparencia y luchando contra la corrupción”, siendo de agradecer que no haya vuelto a mentar lo de “caiga quien caiga”. En cuanto a la ineficiencia estatal, anunció toda una “transformación estructural del Estado”, que conllevaría un “antes y un después” en materia de prestación de servicios públicos, que hasta ahora son desastrosos. En otros términos, habló de la Reforma del Estado, cuyos resultados deberían estar más o menos a la altura de tanta grandilocuencia para que no equivalgan al proverbial parto de los montes, lo que supone que los poderes Ejecutivo y Legislativo quieran y puedan vencer la fuerte resistencia de las clientelas políticas instaladas en el Presupuesto nacional.

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Pese a la crisis económica, derivada de la sanitaria, el primer mandatario no se privó de subrayar que la caída del producto interno bruto (PIB) será este año la menor de la región y que su recuperación será la mayor en 2021, sin dedicar una sola línea al raudo endeudamiento en curso, que ya alcanza el 29% del PIB. Con su silencio, dio por sentado que era necesario para preparar la infraestructura sanitaria, ante el supuesto tsunami de pacientes que necesitarían atenciones en los hospitales. En realidad, la ciudadanía ha sido sorprendida en su buena fe de una manera miserable.

El jefe de Estado sostuvo que ya este mes hubo “alguna señal de que nuestra economía está mejorando de a poco”, lo que, de ser cierto, podría servir de consuelo a las pequeñas y medianas empresas, así como a los comerciantes a la espera de que la cuarentena sea aún más atenuada. Como era previsible, el mensaje es pródigo en cuanto a los supuestos éxitos alcanzados, por ejemplo, en la lucha contra el crimen organizado y en la gestión de los programas sociales para reducir los efectos de la pandemia en los sectores de menores ingresos, sin olvidar tampoco cuanto se habría hecho en obras públicas y hasta en educación, precisamente dos de los sectores más cuestionados. Pero mucho más relevante que lo señalado en el autobombo es que el coronavirus también se llevó lo que auguraban los buenos vientos en economía y en otras áreas.

En la última parte del mensaje, el Presidente de la República preguntó “por qué nos cuesta tanto valorar lo que hemos hecho”, aludiendo, en especial a los presuntos logros en la crisis sanitaria, a la búsqueda de transparencia y a las perspectivas económicas, que serían relativamente alentadoras. Da la impresión de que necesita el aplauso de sus compatriotas, pero debería comprender que ellos estén más atentos a las carencias que sufren y que tienen todo el derecho del mundo a volverse cada vez más exigentes con sus gobernantes, es decir, a no seguir aguantando que quienes ejercen la función pública, en el puesto que sea, sobresalgan por su negligencia, su ineptitud o su deshonestidad.

En suma, como dijo el mismo Presidente de la República, vivimos un momento inédito en nuestra historia. Y bien, este Gobierno no ha estado a la altura del desafío, porque funcionarios infieles intentaron esquilmar al Estado. La corrupción existe por doquier, pero la que se prendió como sanguijuela a las operaciones sanitarias da como resultado que hoy no tengamos la infraestructura prometida que hizo que la población acatara el “Aislamiento General Preventivo”. Hoy día, con miles de empresas quebradas, obreros despedidos, demandas laborales de un lado y de otro, no son pocos los que se preguntan si la obediencia valió la pena.

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