Los políticos y legisladores honestos deben manifestarse

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“De tanto ver triunfar las nulidades, de tanto ver prosperar la deshonra, de tanto ver crecer la injusticia, de tanto ver agigantarse los poderes en manos de los malos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra, a tener vergüenza de ser honesto”. Estas conocidas palabras del escritor, jurista y político brasileño Ruy Barbosa de Oliveira vienen a la mente cuando se observa cuán extendidas están la ignorancia y la indecencia entre los políticos paraguayos. Causa estupor constatar la calma con que muchos de ellos aporrean cada día la cultura y la moral. Por supuesto, no todos los políticos hacen de la ignorancia y la deshonestidad su verdadero estilo de vida. El problema es que los buenos se callan y consienten mansamente las fechorías de los malos. Pero más temprano que tarde, enarbolar la honestidad en las campañas políticas será el principal atractivo entre los electores, sobre todo los jóvenes.

“De tanto ver triunfar las nulidades, de tanto ver prosperar la deshonra, de tanto ver crecer la injusticia, de tanto ver agigantarse los poderes en manos de los malos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra, a tener vergüenza de ser honesto”. Estas conocidas palabras del escritor, jurista y político brasileño Ruy Barbosa de Oliveira vienen a la mente cuando se observa cuán extendidas están la ignorancia y la indecencia entre los políticos paraguayos. Causa estupor constatar la calma con que muchos de ellos aporrean cada día la cultura y la moral. Hay quienes hacen caso omiso de la Constitución y se regodean sin rubor en el nepotismo, porque al parecer lo único importante para ellos es aprovecharse de un cargo electivo para aumentar en gran medida el patrimonio propio, primero, y después el familiar. Otros no se sienten cohibidos por su ignorancia de la cosa pública ni se avergüenzan por su impudicia solo porque son inconscientes de sus carencias intelectuales y éticas. En todo caso, más de uno preferiría ser considerado ignorante y deshonesto, antes que culto pero ingenuo.

Por supuesto, no todos los políticos hacen de la ignorancia y la deshonestidad su verdadero estilo de vida. El problema es que los buenos se callan y consienten mansamente las fechorías de los malos. Es muy cómodo alegar que cada uno es responsable de sus acciones u omisiones, a pesar de que la conducta ilícita de un legislador afecta a toda la Cámara, quiérase o no. La buena imagen de un órgano electivo debe ser preservada por TODOS sus miembros, si se pretende que siga siendo considerado “honorable”. El silencio de los políticos honrados puede atribuirse a un mal entendido espíritu de cuerpo o a cobardía. Si el silencio responde a solidaridad con el malandrín por ser un colega, hay que decir que una persona que se crea decente no puede colocar el corporativismo por encima de la ley y la moral. Si se trata de una vergonzosa cobardía, quiere decir que los indecentes forman una mayoría tan amplia que habría que ser temerario para denunciarlos. Preferir hacerse el desentendido antes que verse abrumado en soledad no es signo de coraje, cualidad que también cabe exigir a un hombre de bien y, desde luego, a un político de fuste.

Duele decirlo, pero es posible que haya políticos honestos que se callen por tener vergüenza de serlo. Apocarse por no robar ni colocar a la parentela, a la amante o a la empleada doméstica en un cargo público, es considerar que para el común de los paraguayos está bien hacerlo y que el que no lo hace es un tonto. Y bien, aunque así sea y sus compatriotas tengan unos valores tan deplorables, el político decente debe seguir en primer lugar lo que le dicta su conciencia. Antes que leal a sus electores, tiene que ser fiel a sí mismo. No debe avergonzarse de tener las manos limpias y la conciencia tranquila, sino apoyarse en ellas para decir en voz alta cuanto le parezca mejor para el bien del país. Si nada tiene que ocultar, debe llevar la frente alta y tratar de que el corrupto baje la suya. Aunque esa actitud le cueste votos y le depare la sonrisa de los cínicos, tendrá la satisfacción de sentirse bien consigo mismo. Si esto le parece poco, es porque está a punto de cambiar de bando y convertirse en una de las tantas nulidades electas que proliferan por allí. En la tentación de abandonar la lucha también puede caer el buen político que cree que ya no hay nada que hacer y que el ladrón, generalmente un mediocre, lleva todas las de ganar en un ambiente que tolera lo ilícito y premia al caradura. El cansancio moral es comprensible, pero quien sucumbe a él deja el terreno libre a los malos, de modo que al final termina gobernado por ellos. El peor castigo que puede recibir quien deserta de la cosa pública, teniendo vocación por ella, es dejarla en manos de quienes desean vivir de la política y no para la política, de quienes desean vivir del dinero público y no para el bien público.

La política no es –no debería ser– una actividad delictiva ni inmoral. Quienes se dedican a ella deberían merecer el respeto de todos y no la envidia de quienes solo esperan la ocasión de robar. Quienes hoy llevan la voz cantante en nuestro país han prostituido esa actividad a tal punto que muchos compatriotas se preguntan si hay políticos honestos. De esa estremecedora interrogante son también responsables los que, siéndolo, toleran o incluso encubren los latrocinios, las mentiras o las canalladas en que incurren quienes se dicen políticos, pero no pasan de ser unos sinvergüenzas de tomo y lomo. Es hora de que los honestos se hagan sentir porque, parafraseando cierta proclama insurreccional, su silencio se parece bastante a la estupidez, si no a la cobardía.

Confiamos en que, pese a la desaforada corrupción reinante, aún haya políticos que ni renuncian a la virtud, ni se ríen de la honra ni se avergüenzan de ser honestos. Cuesta creer que la degradación moral haya llegado a tanto en este país que conoció hombres y mujeres probos, civiles y militares decorosos, que le sirvieron con patriotismo y abnegación, estando en el poder o fuera de él. También en homenaje a su memoria, los políticos honrados deberían decir basta a quienes pervierten, impúdicamente, una de las más nobles tareas en las que puede volcar sus esfuerzos una persona de bien. En vez de limitarse a dejar a cargo de los tribunales la depuración de los órganos electivos, deben impulsar seriamente ellos mismos la erradicación de tanta ignominia cotidiana, de tanta afrenta a la dignidad de la Nación y al valor de la política. Más temprano que tarde, enarbolar la honestidad en las campañas políticas será el principal atractivo para los electores, sobre todo los jóvenes, que están podridos de que los políticos actuales les roben su dinero, su tiempo y sus esperanzas.