Pero eso era antes. Después del crack todo cambió. “Ahora mi hijo es una calavera andante”, cuenta, tras calcular que ya perdió más de diez kilos. Ya no le importa su comida, de hecho, casi no come. Tras sucesivas repitencias, dejó el colegio en el 7° grado.
“Le preguntaba cómo le fue en el colegio, si se fue, y él me decía que sí, pero había sido que no. Yo le vi raro, me daba cuenta de que algo estaba pasando, no soy idiota. Ahí él comenzaba a adelgazar. Siempre a fin de mes le compraba algo, champión, remera, le llevaba a comer hamburguesa. Cuando le preguntaba dónde estaban sus cosas, ‘presté’ me decía. Entonces empecé a prestarle atención y ya era agresivo, todo le rabiaba, se irritaba por cualquier cosa”.
“Él no come, no duerme. A veces está tres días sin dormir y luego duerme continuado. Cuando se levanta, nos roba, va y compra y viene. O bien viene y te pide. Él no te deja dormir. Cuando vos vas a cerrar el ojo, él está con “dáme”, “dáme”. Vos no le hacés caso y dice: “Dáme o te rompo tu vidrio” y rompe. No es que dice nomás, él hace. Yo me fui a la comisaría, pero como es menor, no le pueden retener”.