“Cada mujer tiene su época”

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Justa Selva Cáceres Vda. de Rodríguez cumplió 97 años. Esta señora, conversadora y lúcida, fue nada menos que la primera doctora veterinaria en el país. Se recibió en la Universidad de La Plata (Argentina), regresó al país y retribuyó sus conocimientos siendo docente y ayudando a muchos otros compatriotas a perfeccionarse en el extranjero. “Si me preguntás por mi juventud, solo te puedo contar alegría y bonanza”, afirma sin dudar.

“Abueli” para la familia, “doctora” para los que conocen su trayectoria. Justa nos recibió en su casa. Contundente pero amable, no quiso posar en muchos lugares, “lo importante es la persona, no el fondo”, tampoco quiso quitarse los lentes, “de ninguna manera me los saco, son parte de mi personalidad”. Bien acompañada de su hija Etelvina, su nieto Rodolfo, Eduarda, su ayudante y amiga, y su fiel guardiana “Chilindrina” (una caniche que no se separó de ella durante toda la entrevista), Justa charló y rememoró: “Siempre me quiso mucho la gente, no sé por qué”, comenta con una sonrisa. Un interesante currículum en ganados trofeos y medallas llena la mesa de la sala. Compartimos leyendas que descubren Gratitud a la docencia (1988), Testimonio por su Labor Profesional - Asociación de Ciencias Veterinarias del Paraguay (1995), Madrina de la Promoción 1997

- UNA “Dra. Justa Cáceres de Rodríguez” y Madrina de honor en 1998 - UNA, entre otras condecoraciones que describen a una pionera en las ciencias de nuestro país.

Según relata Justa: “Nací allá por 1915, un 19 de julio. Fuimos 7 hermanos, de todos solo yo sigo viva. Mis padres, Federico A. Cáceres y Catalina de Cáceres eran ilustres profesores, sabios en la vida y en la educación; fueron fundadores de varios colegios del Estado. Después fundaron su propio colegio en Ygatimí y Colón, el ‘Natalicio Talavera’, que después se llamó ‘Fulgencio Yegros’”, explica ordenando muy bien los recuerdos. Terminada la secundaria, Justa decidió usufructuar una beca pública en La Plata. Así partió con su mamá hacia Argentina. “Antes andábamos con nuestra mamá, no como ahora que si te he visto no me acuerdo. Estuve más de 5 años estudiando en La Plata. Era la época de la posguerra y todos me mimaban. Los argentinos de estudio son personas amables y solidarias”. Cuando terminó la carrera, Justa regresó al Paraguay. “No quería venir, fue muy triste dejar a los compañeros y a los magníficos profesores, pero tenía que retribuir lo que aprendí en mi país”. A poco de llegar a Paraguay se alistó en el Ministerio de Educación, de ahí la enviaron al Instituto Biológico (barrio Sajonia), donde estaba una misión brasileña. Esa misma misión la envió a Río de Janeiro y luego a São Paulo para especializarse en parasitología. “Tuve mucha suerte, todos me ayudaban, pues era una época difícil para Paraguay. Estuve 2 años. La especialización se extendía, pero mi papá quiso que ya me quedara en Paraguay”. La doctora Justa fue catedrática de Parasitología (UNA), aportando sus altos conocimientos durante 40 años. Formó a centenares de médicos veterinarios, a muchos los reconoce perfectamente. Con humor, cuenta su nieto Rodolfo que hace unos años, durante una fiesta en su honor, sus exalumnos (doctores de casi 70 años) iban pasando para saludarla y le dijo a uno: “¿Pero cómo? Ya no sos el de antes, vos eras un churro y hoy sos un viejo pelado y panzón”. Justa enviudó en el año 1986 del doctor en bioquímica Nemesio Rodríguez Barboza, autor del libro “Pohá Ñaná, plantas que curan”. Tuvieron dos hijos, Etelvina, doctora en psicología, y Nemesio, ingeniero agrónomo, quienes les han dado 6 nietos (dos veterinarios) y, consecuentemente, 7 bisnietos.

–Cuénteme cómo se siente por su cumpleaños, Dra. Justa.

–A la pucha, demasiado bien. Mi vida si te cuento siempre fue felicidad y bonanza. Nunca me metí en líos, dejo que políticos se peleen, yo no. Soy febrerista aunque me hice colorada para entrar a trabajar en la UNA.

–Se la ve muy bien de salud.

–No sufro de nada, como de todo, tomo cerveza, vino. De mañana me paso leyendo el diario ABC, empezando por ver cómo anda Cerro Porteño. Después almuerzo a las 12 en punto. También rezo el rosario todos los días.

–¿Qué siente por haber inaugurado la primera facultad de Veterinaria del Paraguay, además de ser la primera mujer veterinaria?

–Entre 3 doctores inauguramos, dos varones y yo. La verdad no sentí más que igualdad.

–En su época era una de las pocas mujeres que dedicaba su vida al estudio.

–Sí, por eso me casé recién al volver de Brasil, ¡era una vieja, tenía 30 por ahí! (risas). Tuve suerte, mi marido era un hombre brillante, estudioso. (Etelvina interrumpe y dice: “Vos sí que eras una mandona con papá”). ¿Yo? No, no es cierto, había mucha camaradería.

–Sabe, Dra., ser pionera en medicina animal es un mérito histórico.

–Amé mi vocación, es lo que te puedo decir. Aún después de jubilarme (creo que fue en el 78) atendía con mi esposo, teníamos una farmacia llamada “Del Águila” (en la zona de Pettirossi), y ahí venían también con sus animalitos.

–Hoy muchas chicas siguen la carrera.

–Muchísimas. La mujer paraguaya es lo más grande del mundo porque es capacitada y conserva la humildad.

–Dos de sus nietos son veterinarios, ¿usted tuvo influencia?

–Creo que no, aunque algunos en la familia me acusan de que sí (ríe).

–¿Cómo festejó su cumpleaños?

–¡Esperando muchos regalos! Te digo nomás, a esta altura solo quiero estar con mi familia. Hoy ya no le pido nada a Dios, solo le agradezco toda la vida feliz que me dio.

lperalta@abc.com.py