Encuentro entre Jesús y su Madre

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El peso de la cruz era enorme y sus espaldas estaban abiertas de heridas sangrando, tan pesada era esa cruz que le entraba hasta en la carne, arrastrándola por el peso que tenía. En ese transcurrir Jesús se cae.

La Virgen María estaba en un lugar donde podría ver a su Hijo cuando pasaba. Qué dolor al ver a su Hijo en esas condiciones, pero igual ella quiso ver a su Jesús. La angustia le invadió hasta impedirle emitir una sola palabra, ni el Señor tampoco a ella le dijo nada.

Ella tuvo que soportar en silencio las mentiras y las acusaciones injustas que hacían contra su Hijo. ¡Qué mujer, qué madre! Virgencita santa quisiste acompañar a tu Hijo todo el tiempo hasta su muerte. Sin importarle ser insultada por la gente. Todos han abandonado a Jesús, menos ella que permanecía fiel con la espada que le atravesaba el corazón al ser testigo que tanto era el precio de la salvación.

Virgen Santísima, qué sería de nosotros si no estuvieras tú. Gracias por estar e interceder para que tu Hijo, a quien lo conoces integralmente y sabes de su corazón misericordioso, nos regalara la Gracia que necesitamos para ser felices. Acompaña siempre a tus hijos con tu corazón de Madre. Especialmente a aquellos hermanos que padecen injustamente, hermanos que han sido condenados injustamente y todos hemos estado de acuerdo.