“El mariscal Francisco Solano López iba perseguido por seis jinetes de la Caballería, uno de ellos, el cabo de órdenes del coronel Núñez de Silva Tavares, conocido con el apodo de Chico Diablo, armado de una lanza; y en una ensenada que forma el Aquidabán Nigui consiguieron cortar la retirada del mariscal, a quien intimaron rendición, que fue contestada por este: ‘Muero por mi patria’. Enseguida se les acercaron el cabo y un oficial con ademán de apoderarse de su persona. El mariscal, que llevaba su espada desvainada, se defendió tirando de punta al cabo, que se defendió ladeando de un quite, y le dio un lanzazo en el bajo vientre. El oficial, a su vez, le dio un sablazo sobre la sien derecha, haciendo volar al suelo el sombrero de panamá que llevaba, pero el mariscal consiguió herir a este en la frente. En estas circunstancias llegaron montados a caballo dos fieles servidores del mariscal, capital Francisco Argüello y su acompañante Chamorro. El mariscal echó ascua de furia y con rabia grito varias veces, ordenando a los recién llegados, con energía: ‘maten a los diablos de macaco’. Argüello y Chamorro se lanzaron sobre los brasileros, sable en mano; la pelea fue recia. Como puede imaginarse, hubo un entrevero espantoso, pero la desproporción era grande: seis brasileros contra dos paraguayos. Aquellos paraguayos, hechos pedazos, murieron, dejando profundos rastros en los cuerpos de sus adversarios”...
Al llegar a orillas del Aquidabán Nigui, debilitado por la pérdida de sangre que manaba sus heridas, cayó del caballo, llevando la cabeza hacia la corriente, que era una pendiente suave. Aveiro trató de levantarle, pero no pudo conseguir por el peso de su cuerpo. En ese momento llegaron al lugar el mayor Cabrera y el joven Ignacio Ibarra, y entre los tres lo levantaron conduciéndolo al arroyo y le hicieron bajar en el agua, llevándolo sostenido hasta la orilla opuesta, que es una barranca elevada, allí procuraban alzarlo sobre aquella, pero no habiendo podido conseguirlo, el mismo mariscal les dijo que vieran si no había una parte más baja. Con este fin, los dos se alejaron del mariscal, que quedó recostado contra una palmera caída que atravesaba un ángulo del arroyo. En ese momento hizo su aparición el Gral. Cámara a pie, y dando la voz de alto el fuego, entró al arroyo donde estaba el mariscal, a quien se dirigió en estos términos: ‘Ríndase, mariscal, y entregue su espada. Yo le garanto los restos de su vida, yo soy el general que manda estas fuerzas’´; a lo que el mariscal, agonizante y desangrado, pronunció su famosa frase: ‘Muero por mi patria, y con la espada en mano’. Allí sonó el tiro de fusil que puso término a su vida”.
(Memorias o reminiscencias históricas del Paraguay, de Juan Crisóstomo Centurión, asistente del Mariscal López, quien le acompañó hasta Cerro Corá).