La Iglesia y el papa Francisco

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En este tiempo pascual nos puede ayudar la imagen que nos da el Evangelio según san Juan en el capítulo 21, donde encontramos tantos símbolos llenos de significados para nuestras vidas.

En la barca, que simboliza a la Iglesia, los discípulos trabajando con mucho esfuerzo, no pescan nada. Solo con la ayuda de la Palabra del Resucitado y la obediencia de sus discípulos (iñe’ê rendu hikuái, fueron obedientes), el trabajo dará su fruto abundante. De lo que pescaron el mismo Jesús cocina y les da de comer, simbolizando que es Él quien les sirve permanentemente a lo largo de toda su vida, pero también es importante que se sientan corresponsables en ayudar para el servicio, que se gesta plenamente en el sacramento de la eucaristía. Es la Iglesia animada e impulsada por la Palabra de Dios para hacer nuevas todas las cosas.

La red que no se rompe, aunque eran tantos los pescados sacados, representa a la Iglesia capaz para mantener unidas a todas las personas. El número 153, representa a las naciones conocidas en aquel tiempo, simbolizando la universalidad de la Iglesia. Nuestra Iglesia está llamada siempre a acoger a todos, impulsada por el amor que viene de Dios.

Las tres veces que Pedro confiesa que le ama al Señor, sustituye las tres veces que lo negó (cf. Jn 18,15-18), manifestando que se arrepintió y que ha cambiado. La palabra “apacentar” es dar de comer pastos. Representaría al hecho de cuidar, alimentar a los suyos (las ovejas). Le enseña que si quiere dirigir a su Iglesia le tiene que amar incondicionalmente, y eso se proyectará siempre en amar a los demás. Lo más importante es el seguimiento, la actitud de discípulo que debe vivir Pedro, siendo siempre fiel a la voluntad de Dios por pura gracia.

Ahora que tenemos al papa Francisco, nos inunda de alegría por lo que representan los gestos y palabras que compartió en tan poco tiempo. Eso significa ser fiel al Señor estando totalmente disponible para servirlo amando a los hermanos del mundo entero.

¡Qué grande es el amor de Dios! ¡Qué pequeños nos sentimos, y al mismo tiempo, qué importantes somos para Él, quien se sometió a la muerte en la Cruz para rescatarnos! Más que nunca nos sentimos llamados a hacer visible el amor de Dios, amando a nuestros hermanos. Eso lo podremos conseguir si nos dejamos inundar por su Espíritu, por su gracia para responder con generosidad al amor.