Personas vanidosas o vacías

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La primera lectura bíblica del domingo pasado hablaba de las vanidades. Lejos del pobre sermón que escuché y que daba, con creces, para una reflexión sencilla y aplicable, me quedé pensando en cuál es el contrapeso de este orgullo exacerbado de las personas. Nuestra sociedad, por situarnos en lo que nos interesa, tiene una gran inclinación hacia la vanidad, de ahí la tendencia a la ostentación, a demostrar que se tiene más dinero que otros y de esta manera sentirse más valorado.

Hay muchos tipos de vanidad. La provocación sexual, una de las más visibles, es un deseo de centrar las miradas y tiene que ver, por supuesto, con cumplir con la reproducción de la especie, pero también con carencias, enfermedades o vicios.

La vanidad se cobija bajo el relativismo moral que alienta a ser como uno quiere sin que interese lo que digan los demás. Si bien esto tiene una base cierta, (debemos ser como somos pero evolucionar, tender a lo bueno y no a lo contrario), el desafiar normas y reglas no siempre es la postura más acertada. Existimos socialmente porque otro nos mira y es esa mirada/s la que nos condiciona, más o menos, depende de cuán valiosos nos consideramos.

Uno de los colosos de venta de revistas a nivel mundial explota justamente la vanidad, esta revista, bajo la línea de entretenimiento, invita o incita a ciertas conductas e ideas para las lectoras, y trabaja sobre sus mentes a través de personajes famosos que explotan su imagen. La peluquería era el lugar donde leer revistas banales cuando no las comprábamos. Vale decir que el arreglo personal ha escalado como algo necesario para el trabajo empresarial, de oficina. Las mujeres van a la peluquería como iban antes las mamás al almacén. Me decía una estilista: “Acá en Paraguay todavía vivimos de esto, para una boda peinamos a las hermanas, las amigas, las tías, las primas, etc. porque en otros lugares del mundo es inaccesible, y solo se peinan las novias”.

El negocio de la estética, la ropa, los tratamientos, tiene todo que ver con la vanidad, y ya para ambos sexos casi por igual; tampoco se distinguen clases sociales, “la pintura lo que allá no hay donde hacerse”, decía uno de los campesinos que habían tomado parte de las calles céntricas. El mercado 4 está lleno de ropa y más ropa, accesorios y cosméticos. Los shopping, aunque para otros niveles sociales, hacen exactamente lo mismo.

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Por otro lado, también existe la vanidad intelectual, más disimulada pero de cuidado, son aquellos que lejos de enseñar al que no sabe, disfrutan montándose audiencias que tienen menos capacidad o elocuencia. En esto también hay diferentes casos respecto a quién sabe y sobre qué precisamente. Pero la vanidad puede ser la misma en el ilustrado como en el charlatán.

La vanidad moral y espiritual son quizás las más peligrosas porque trabajan desde y sobre nuestra esencia.

El contrapeso o regulador de la vanidad es la templanza. La templanza es la moderación frente a los placeres y el dominio de nuestra voluntad sobre el instinto. Poco y nada se la promociona, tal vez en grupos cerrados, pero es un concepto que aunque parezca desfasado es preciso recuperar todos (en teoría y en acción) para la elevación personal y humana. Que nuestra vida no pase en vano.

lperalta@abc.com.py