Retornando a la nada

Los damnificados por la crecida del río vuelven a sus casas, dejando en las plazas una radiografía que denota la gravedad de la situación socioeconómica del país. Como vecina muy cercana a las casuchas que las autoridades disfrazaron en sus informes como “refugios”, puedo decir que este año se multiplicaron las familias y la convivencia fue bastante más difícil que otras veces, por el hacinamiento y la desorganización. Todos los vecinos, los fijos y los temporales, pasamos las de Caín. Algunos de mis vecinos dijeron que les robaron y vivían atemorizados, no sé, puede ser, pero otros nos movimos diariamente sin problema dentro del paisaje miserable. Muchas historias familiares y sociales, tal como ocurre en otras clases sociales, no obstante, es con esta gente con quien urge trabajar y muy a fondo en todo aspecto.

En los meses que se asentaron en plazas, veredas y calles, jamás una sola autoridad municipal llegó a preguntar a los vecinos lindantes qué pensábamos que ayudaría a la organización de familias durante el tiempo que durara la ocupación. A veces venía el camión de la Secretaría Nacional de Emergencia, y algunos empleados repartían chapas, maderas terciadas y/o bolsa de alimentos. En otro sentido, no hubo cobertura, jamás un puesto móvil de salud, mucho menos refuerzo escolar, policial o simplemente actividades recreativas, que también son importantes en situaciones críticas. Se pasaron rotulando la situación como “emergencia nacional”, pero poco y nada se movieron para alivianar los miles de urgencias.

Fuera de los gobiernos ineptos a los que estamos condenados por voto popular, si tuviera que resumir lo bueno y lo malo de estos meses, a grandes rasgos diría que no fue fácil el manejo de la basura (bichos, parásitos), luego, total precariedad de las conexiones tanto de agua como de luz, que eran hechas casi por cuenta completa de los damnificados, canillas y caños rotos de agua potable y de cloaca, el humo, las motos y motocarros tremendamente ruidosos, su reguetón y cachaca a full, los adictos se mantuvieron, en mi zona, tranquilos. Doloroso escuchar el maltrato a niños, ver abuelos sin ayuda, cruzarnos cada día con personas –muchas desnutridas– que trabajan en el vertedero o vendiendo cosas solo para salvar la comida del día.

Pero también hubo cosas buenas, la señora que vendía mandioca calentita, mujer sacrificada, madre de varios hijos. Otra delicia era el pollo casero, todavía hay gente que los cría y vaya que es grande la diferencia de sabor con los del supermercado. Las mamás que, a pesar de la terrible incomodidad llevaban a sus hijos puntualmente a la escuela, aseados y bien abrigados. Los que se preocuparon por sus perros y gatos.

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Los bañadenses se autodenominan “mundo aparte”, y así es, tienen sus propios códigos y estilo de vida. Ahora retornan a la nada. Y, por favor, no son todos delincuentes como se dice fácilmente, no seamos intolerantes y lapidarios ni mezclemos a los oportunistas. Lo crean o no hay mucha gente que es feliz dentro de la pobreza, va mejorando de a poquito y con trabajo.

El río bajó y el gobierno se relaja –hasta la próxima–. Ver para creer sus promesas de vivienda y eterna franja costera. Lo que mantiene la vida en nuestro país siempre es la solidaridad innata de la gente y nunca la gestión política.

lperalta@abc.com.py

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