Un hombre silencioso atrapado en la rutina

SALAMANCA, España. Como dice el tango, “veinte años no es nada”, pero cincuenta es casi toda una vida. Y hace ese tiempo, precisamente hoy, cincuenta años, que se estrenó una película que es piedra miliar dentro de la joven historia del cine en nuestro país. Con esta película rodada en 16 mm en blanco y negro y en colores, con una duración de una hora, aproximadamente, Carlos Saguier abrió una puerta por la cual se colaron, muchos años después, quienes se lanzaron a la aventura de hacer cine. Algunos de ellos con mucho éxito y repercusión internacional; otros, con menos. Pero tanto unos y otros le deben reconocimiento a aquella experiencia.

Se estrenó el 5 de diciembre de 1969 en el auditorio del Centro Cultural Paraguayo-Americano. Era una noche calurosa, como corresponde a esta época del año y al mismo tiempo, se daba inicio a la Semana del Nuevo Cine Argentino con la exhibición de cinco largometrajes, cada uno significativo en su propuesta: “Palo y hueso” (Nicolás Sarquis, 1968), “Tute cabrero” (Juan José Jusid, 1968), “Tiro de gracia” (Ricardo Becher, 1969), “Mosaico” (Néstor Paternostro, 1969) y “Pajarito Gómez” (Rodolfo Kuhn, 1965).

No estoy muy seguro si el público se dio realmente cuenta del alcance de la obra que estaba viendo. Era una propuesta osada, inconformista, no convencional que rompía, si no todas las convenciones cinematográficas, por lo menos sí una buena parte de ellas. Saguier le había encargado la música al maestro Luis Cañete, pero no pudo ser plasmada en el filme. En su lugar, la banda sonora de la película acompañaba la inusual sucesión de imágenes que nos enfrentaban con una realidad muy próxima y de la que, sin embargo, no éramos conscientes.

La libertad con que Saguier concibió su obra era “rara avis” en un medio como el nuestro en el que la dictadura procuraba controlar todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos, los más visibles como los más recónditos. Todo lo contrario sucedía afuera donde la libertad, como un soplo de aire fresco, recorría el mundo, desde las protestas de Nanterre y la Sorbona en París, mayo del 68, a la represión sangrienta de la plaza de Tlatelolco en la ciudad de México.

Nuestro gobierno, nuestra dictadura –porque era nuestra, pues la sufríamos muchos, la disfrutaban unos pocos– extremaba cuidados para evitar que ese grito de libertad, de descontento y disconformidad se contagiase a los jóvenes. No fue extraño, entonces, que “El Pueblo” fuera mal vista por el orden establecido. El pueblo que ofrecía Saguier en su película no era el que la propaganda oficialista ofrecía: el hombre feliz y satisfecho sintetizado en la frase jaleada por la dictadura: “La mayor riqueza del país está en su gente y en su tierra”. La gente que era reprimida y la tierra que se tiraba encima de quienes desaparecieron sin dejar rastros.

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La visión que nos deja “El Pueblo” es la del hombre silencioso, atrapado en la rutina cotidiana, en la desesperanza de no avizorar una posible salida, es decir, de salvación, no la religiosa, sino la más difícil de alcanzar, la humana. Mientras el tañer de una campana se extiende por el campo yermo, vacío, solitario tan igual a la madrugada como al anochecer. Y ese pueblo, pintado así hace cincuenta años es el que hoy sigue al que se sumó algún que otro adelanto tecnológico, pero sigue exactamente igual. ¿Tendremos que festejar este aniversario que arrastra la tristeza de su mensaje? Sí, hay que festejarlo, porque toda obra de arte, por más que nos duela, nos hace más humanos.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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