La política no es un circo

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Monseñor Mario Melanio Medina realizó durante el novenario de la Virgen de Caacupé fuertes críticas al sistema judicial con argumentos bien fundados, que inclusive merecieron una respuesta de aceptación del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eugenio Jiménez Rolón.

Las críticas alcanzaron a la fiscala general del Estado, Sandra Quiñónez, de quien dijo no va a investigar al expresidente Horacio Cartes, porque fue él quien la puso en el cargo.

También se refirió al caso del senador Paraguayo Cubas.

“Se escandalizan (los senadores) por lo que hace Payo (...) Lo que hace Payo es para divertirnos, es teatro, y le gusta a la gente porque a la gente le gusta el circo, pero sacarlo así de buenas a primeras, y hay gente que tiene que salir y no sale... Ahí está la cosa”, afirmó.

Y vamos a detenernos en este punto para desarrollar el tema, ya que nuestra opinión sobre las críticas a la justicia y a la fiscalía nos explayaremos mañana, en el suplemento Mundo Judicial.

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Tomamos el punto referente a lo manifestado por el obispo emérito sobre Payo debido a que lleva a otras situaciones.

Es cierto que hay serias dudas sobre la ilegalidad de la destitución del mismo.

También es muy cierto que hay senadores y diputados que no ameritan tener una banca y sin embargo están ahí, pese a que sobre ellos pesan procesos penales (Tomás Rivas, Miguel Cuevas, etc...).

Pero también hay que entender que este juego de la política, que por lo general es muy perverso, tiene reglas tácitas que hay que tomarlas en cuenta para no ser madrugado.

Paraguayo Cubas jugaba con el límite y como dice monseñor Medina, hasta caía bien.

Tirarle agua a un senador que se eternizó en el Parlamento y que se lo percibe como intocable fue un punto a su favor pese a que le costó una suspensión.

Pero Payo antes que asumir esa situación como provecho político lo terminó convirtiendo en un búmeran al incurrir en reiterados actos mínimos de agresión, pero agresión al fin, que ya afectaba a cualquier ciudadano.

Lo del golpe a un suboficial de Policía de Minga Porã, a lo que sumó la destrucción del adorno de la imagen de Santa Rosa, patrona del agente policial, fue la gota que colmó el vaso.

Y esta situación fue bien aprovechada por sus adversarios políticos para pasarle la factura. Payo se fue sin pena ni gloria, porque nadie fue a reclamar su destitución.

Entonces se equivoca el obispo cuando dice que a la gente le gusta el circo. Es más, le subestima a ese ciudadano que cuando emite su voto por nuevas figuras no solo espera que las mismas marquen la diferencia, sino que sean lo suficientemente audaces para hacer frente al monstruo enquistado en la clase política, personificado en los que hace décadas mueven los hilos del Parlamento.

Similar situación se dio con Fernando Lugo, quien con el voto de la gente logró derrocar al Partido Colorado luego de 70 años.

Pero Lugo no aguantó cuatro años en la Presidencia y fue destituido, también sin pena ni gloria.

Puede ser calificada de injusta la forma en que se dio la remoción del extitular del Ejecutivo, pero él más que nadie sabía que tenía que cuidarse y no dormirse en los laureles, ya que varios de sus aliados formaban y siguen formando parte de esa vieja política. Además, el exmandatario tenía de entrada una mayoría parlamentaria adversa.

Está mal que se subestime al ciudadano. Este con su voto da la posibilidad de cambio y de nuevas figuras, pero esto significa mayor responsabilidad para el electo.

Se marca la diferencia con capacidad, no con teatro ni circo.

ocaceres@abc.com.py