El impulso que dan actualmente las licitaciones de obras viales por el Gobierno nacional y un mayor respaldo de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY) a la zona debieran estimular un acercamiento de las autoridades para el diálogo productivo, que les permita coordinar las acciones y planificar un futuro de mejores expectativas para la sufrida población.
En otros tiempos, los momentos difíciles eran propicios para unir a todo el conjunto de la sociedad en torno a objetivos comunes. En la gran inundación de 1983 el Ñeembucú fue ejemplo de organización y no existieron grietas en la voluntad de las autoridades y el pueblo a la hora de afrontar el gran desafío que representó resistir a la mayor riada de toda la historia. Esta unidad y coordinación estuvo ausente durante la emergencia por lluvias de 2014.
Los ñeembucuenses vivimos el triste espectáculo de autoridades enfrentadas y que competían por el protagonismo, disputándose la administración y el reparto de los víveres y otras donaciones. Si no pudo ser en la desgracia, menos se percibe la capacidad de diálogo tras la vuelta de la tranquilidad.
Con los “teléfonos cortados” y actuando como enemigos irreconciliables, es poco lo que puede esperar el departamento de sus representantes. Los recursos disponibles se dilapidan en obras innecesarias, de dudosa calidad y que están superpuestas con otras similares.
La cercanía de las elecciones municipales no hace sino agravar la tirantez. “A cara de perro” se podría describir la relación de los que lideran las instituciones del Ñeembucú. Y es “una vida de perros” la que seguiremos teniendo los habitantes de la zona por obra y gracia de estos sabuesos de la política regional.
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