Este es el tema de una película que, si bien es recibida favorablemente por el gran público, no pasa de ser una de esas producciones características de Hollywood con todos los ingredientes que exige la industria que se ha desarrollado en esa antigua granja de la costa oeste norteamericana y convertida luego en la meca del cine. “The Monuments Men” (que hoy se estrena en Asunción) está firmada por el actor y director George Clooney, quien además la protagoniza y convierte la labor de aquellos hombres en una aventura bélica; un grupo de héroes que se lanzan a recuperar el famoso retablo de la catedral de Gante o la no menos célebre escultura de Michelángelo: “La Virgen con el Niño”, que se conserva en Brujas.
De esas dos horas de película pienso que lo digno de ser rescatado es la frase dicha por el capitán Frank Stokes (Clooney) al defender la necesidad de apoyar al grupo que él comandaba: “Se puede destruir un pueblo, matar a sus habitantes y quemar sus aldeas. Y quedará la esperanza de que algún día ese pueblo se levante de nuevo. Pero si destruimos su cultura, sus logros del espíritu, ese pueblo no será nada, solo cenizas en el viento”. Ignoro si la frase fue parte, en realidad, de los objetivos que perseguían aquellos hombres o, si por el contrario, ha sido una feliz idea del guionista de la película. De una manera o de otra pone en evidencia la función fundamental que desempeña dentro de la vida de un pueblo eso que llaman “los logros del espíritu” y que resumimos en cuatro palabras: “cultura de un pueblo”.
La historia está jalonada de ejemplos de pueblos que fueron perseguidos durante siglos, pero que supieron mantener su cultura aun en la diáspora. Cuando al cabo del tiempo pudieron regresar a su lugar de origen lograron reconstruirse a sí mismos porque su cultura estaba intacta. Gracias a este hecho, a pesar de que los persiguieron, los mataron y quemaron sus aldeas, no se convirtieron en “cenizas al viento” porque cada uno se volvió custodio de su propio pueblo.
Cuentan que durante la Segunda Guerra Mundial, en Londres, las autoridades discutían de qué manera podían ajustar el presupuesto de la nación en una situación bélica. Uno de los participantes sugirió que se aplicaran severos recortes a la cultura. Uno de los participantes, llamado Winston Churchill, arqueó las cejas y se preguntó: “¿Recortar los gastos de cultura? Y, entonces, ¿por qué estamos combatiendo?”. Lo tenía bien claro: lo que había que salvar de la barbarie era la cultura de Inglaterra, la cultura de Europa que estaba siendo destrozada por el nazismo.
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Al salir del cine, después de ver la película, me daban vueltas en la cabeza no las escenas que acababa de ver, sino las escenas de esa película nunca filmada y que constituye la barbarie depredadora que practicamos en nuestro país destruyendo o poniendo en peligro lo que son nuestras “conquistas del espíritu”, pensando que ellas son de interés de un grupito reducido e intrascendente de personas que se preocupan, románticamente, por ellas. Así la clase gobernante, los políticos y hasta la misma Iglesia, sin querer o sin saberlo, en lugar de cuidar que no nos convirtamos en “cenizas al viento”, ponen en práctica aquello de “Cada vez que oigo hablar de cultura saco el revólver” (Josep Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler).
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