Lo que al principio se aplicaba al cultivo de la naturaleza externa al ser humano, después pasó a aplicarse también al cultivo de las cualidades y potencialidades del ser humano: al cultivo de sus pensamientos, costumbres, valores, capacidad creativa para producir belleza, al cultivo de los sonidos, de la lengua y de la música, etc..
Hay culturas que efectivamente cultivan la naturaleza y la mejoran y hay culturas que hablando con propiedad no cultivan la naturaleza, sino que la explotan, la expolian y la destruyen.
Gran parte de nuestra actual cultura agrícola, por ejemplo, no contribuye a mejorar la naturaleza, sino a destruirla. La deforestación para liberar tierras para la agricultura o la ganadería o para vender la madera ha tomado un ritmo irracional y devastador. Sin la reforestación correspondiente está destruyendo nuestro ecosistema y acabando con especies de árboles que no se reponen, porque la mayoría de las escasas reforestaciones se hacen con árboles de rápido crecimiento.
Nuestro tratamiento de las basuras es de barbarie, contaminando suelos y aguas de arroyos, lagos, ríos y hasta mares. El cultivo de los metales ha instalado industrias extraordinariamente contaminantes, destruyendo el oxígeno de nuestra atmósfera y hasta la capa de ozono, dejándonos cada día el planeta tierra más herido y convulsionado.
Si nuestras culturas agreden a la naturaleza en vez de cultivarla, no deben llamarse culturas, ni siquiera civilización, sino comportamiento irracional, bárbaro e inhumano.
El modo que tenemos de relacionarnos con la naturaleza de nuestro medioambiente, se ha extendido también al modo de tratar al mismo ser humano. Con el paso de los siglos la humanidad ha aprendido a cultivar la naturaleza humana. El cultivo que la medicina ha desarrollado en la salud es impresionante y maravilloso y sigue creciendo con sorprendentes descubrimientos en defensa de la vida humana y de la calidad de la misma.
La inteligencia humana se ha cultivado alimentando su propia creatividad y descubriendo ciencias que se han puesto al servicio de la humanidad. La psicología y el cultivo de la dimensión espiritual nos ayudan a conocernos a nosotros mismos en lo más característicos y esencial del ser humano y han hecho posible desarrollar nuestras potencialidades más profundas para lanzarnos a la convivencia armónica con los demás y hasta la trascendencia.
Pero también los avances culturales en el desarrollo humano son usados en contraculturas y en vez de cultivar para beneficio de todos los seres humanos, se usan para manipular y someter las libertades a poderes a veces ocultos y frecuentemente explícitos y dominantes.
La invención de las drogas y la progresiva campaña de liberación de las mismas con legislaciones que las consideran inocuas están sumergiendo a millones de jóvenes a vivir en una subcultura, que frena su desarrollo personal y los hace dependientes de mafias, esclavos de estímulos alienantes y destructivos.
La permisividad de las drogas, la creciente producción y comercialización de las mismas no es cultura ni civilización, es la generación de una nueva forma de esclavitud psicoquímica, manejada por grupos mafiosos que se enriquecen destruyendo la salud psíquica de los jóvenes y aspiran incluso a drogar y someter a los poderes del Estado corrompiendo a políticos que administran cuotas de poder.
Las drogas no son cultivo de la naturaleza humana, no son cultura de la vida, son cultura de la muerte, es decir, no son cultura, porque la cultura no puede destruir ni eliminar ni suplir a la naturaleza. Toda ideología que pretenda que la cultura elimine a la naturaleza, es cultura de la muerte.
Los educadores somos profesionales del cultivo de la naturaleza humana y ambiental, somos profesionales de la cultura.