La “princesita”, al igual que el “rey de la casa”, crecerá y la calle le quitará tan preciado poder, por eso precisa que se la entrene, cuide, preste atención.
Aquellos padres que lograron hallar el norte de la docencia en el hogar, tienen la gracia de un enriquecimiento sin parangón. Como no hay mayor escuela que el hogar, no hay maestros más grandes que papá y mamá, vivan juntos o no, necesariamente lo menciono por todas las dolorosas divisiones que sufren tantas familias, situación que de ninguna manera anula el lazo con el progenitor que no está en la casa. De hecho, cuando hay matrimonio roto, el regalo más sabio es no socavar la relación del hijo con su padre/madre.
Líneas de pensamiento han acabado con la fantasía del Día de Reyes; los mercaderes saben sacar el máximo provecho y terminamos haciendo exactamente lo que ellos quieren. A última hora solo pensamos en cumplir y no ejercitamos la creatividad para dar regalos diferentes. En YouTube hay varios videos de padres que (para reírse) filmaron el momento en que entregaban a sus hijos obsequios “raros, feos, ridículos” como una cebolla, una tabla de madera para comer asado, una papa, una banana, etc. Pero los pequeños sorprenden al demostrar un espíritu alegre y agradecido. Al final, el regalo lo recibieron los padres por buenos educadores.
Un regalo intangible tarda en ser valorado, pero es inversión segura; quizás sorprenderlo a la salida del colegio para ir a caminar o a nadar juntos, escribirle una carta de amor, contarle la historia de sus abuelos, enseñarle cómo resolver sus diferencias con amigos o cómo debería manejarse en una situación de emergencia, en fin. Es cierto que el amor está, pero expresarlo es una materia pendiente para muchos padres.
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El Día de Reyes tiene el sentido de ofrecer a los hijos “el oro” que tenemos. No los animemos a la presunción, busquemos métodos para curar la angustia que sufren por no tener lo que otros tienen. Acabo con lo que me contó un hombre bien mayor: “Cuando yo era niño siempre me quejaba de todo, la comida, los regalos. Éramos clase obrera, 8 hermanos, mis padres trabajaban todo el día para poder cubrir nuestras necesidades básicas. Un día, sentados a la mesa, comencé mi incansable y furioso reclamo. Mis padres escucharon callados, luego mi madre respondió: ‘Hijo, nos gustaría mucho comprarte cosas mejores, pero esto es lo que podemos darte’. Esas palabras simples, como ella me lo dijo, con firmeza y ternura, mirándome a los ojos, fueron –lo supe con los años– uno de los mejores regalos que recibí en mi infancia”.
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