Evitar el adulterio

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Mt 5,17 – 37. Estamos dentro del Sermón de la Montaña, que es un resumen de la espiritualidad cristiana. El domingo pasado Jesús nos dio la misión de ser sal y luz del mundo y, hoy, toca este asunto desafiante: el adulterio.

Jesús habla claramente: “No cometerás adulterio”. Y añade que aquel que mira a una mujer casada deseándola maliciosamente en su corazón, ya ha sido adúltero con ella. Lo mismo vale para la mujer que se ofrece y provoca a un hombre casado.

El adulterio designa la infidelidad conyugal, que es una traición a su pareja. Ser un traidor es un título que nadie quiere, pues no solo traiciona a su cónyuge, sino que falta a las promesas que libremente ha asumido en su matrimonio. Además, menoscaba el signo de la alianza del ser humano con Dios, expresado en el vínculo matrimonial.

Así, es un ultraje lamentable que daña a uno mismo; al otro, a quien ha prometido sinceridad y manifiesta desprecio hacia la voluntad de Dios. Como es siembra de mala semilla, los frutos también serán desastrosos.

El adulterio es una injusticia que atenta contra la estabilidad del matrimonio, pues el miembro engañado, con frecuencia, vive un dolor acentuado y entra en un ansioso vía crucis para lograr el perdón, cuando lo logra.

Restablecer la confianza hacia el cónyuge infiel es un camino espinoso y solo es posible cuando el desleal da muestras fehacientes de que ha abandonado sus aventuras. Es más, cuando reconoce su infidelidad y procura reconquistar a su pareja.

Es causa importante de separaciones, lo que genera zozobra emocional entre los hijos, principalmente cuando son pequeños.

Con la separación, la parte económica de la familia también se deteriora.

“Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio”, sostiene el Catecismo de la Iglesia Católica N° 2380.

¿Qué lleva a una persona casada a cometer el adulterio? Serán muchas las respuestas, pero conviene distinguir entre motivos masculinos y femeninos.

Al varón, por una calentura descontrolada, para exaltarse delante de los amigos, por unos tragos de más y para afirmarse como “el machito”.

A la mujer, tal vez por carencia afectiva, por no sentirse valorada por el marido, por la soledad y falta de diálogo.

No hay que cometer adulterio, lo que implica huir de las ocasiones de pecado, mantener la relación matrimonial sin agresiones y, de modo especial, cuidar de la vida espiritual, dando más espacio para Dios y respetando sus enseñanzas.

Paz y bien

hnojoemar@gmail.com