El 8 de abril pasado, en la compañía San Javier, distrito de San Ignacio, un tornado destruyó 36 viviendas y dañó 40. El fenómeno impredecible derrumbó el local del colegio nacional de esa localidad y otras instituciones públicas.
Luego se registraron torrenciales lluvias entre abril y mayo, que han superado la marca del año y anegaron localidades ribereñas, como Villa Florida, Yabebyry y Panchito López.
El 8 de agosto último, una terrible granizada a pleno sol de mediodía causó susto y perjuicio a los pobladores de la localidad de San Ramón, distrito de Santiago. Un temporal y granizada se produjeron el martes 24 de octubre en la compañía Arazapé del municipio de San Miguel. Arrasó con 300 viviendas, en su mayoría con techos de zinc, eternit y tejas.
La naturaleza pasa la factura al hombre por las agresiones de diversas índoles, como la deforestación, incendio de praderas; basuras por todos lados, vertederos improvisados, el humo de vehículos y atropellos a los esteros que forman parte del equilibrio biológico del ecosistema.
Los humedales, que son reservas naturales, se destruyen de a poco y las consecuencias son las inundaciones de campos y poblados, sin que haya desbordes de ríos.
El problema se agudiza cuando los perjudicados no reciben la ayuda a tiempo y forma. La burocracia estatal produce una larga agonía de los pobladores, cuyos techos quedaron como coladores. Ante la burocracia estatal, los politiqueros acechan como buitres a los damnificados.
Este panorama desolador se tiene que superar con una rápida acción de los organismos del Estado, como la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), la Gobernación y las comunas.
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