El cargo de intendente era temido porque podía quemar al político en vista a la función recaudadora, la exigencia del cumplimiento de las ordenanzas y la aplicación de multas o sanciones. Como esto suele molestar a los correligionarios, más adelante los castigan con el voto o lo matan políticamente.
Sin embargo, los intendentes pasaron de ser pequeños administradores a disponer de millones de dólares provenientes de los royalties y del Fonacide, posicionándolos como líderes políticos en sus comunidades.
Actualmente, un jefe comunal puede ponerse a la altura política de un gobernador, ya que en el caso de las ciudades grandes o en las capitales departamentales, están recibiendo grandes sumas de dinero.
Las obras y los logros que se adjudican los intendentes en función a su imagen y por el rekutu no es producto de una gestión municipal propia. Es gracias a los royalties y el Fonacide que se gastan en obras sobrefacturadas, no rinden cuentas, firman cheques con montos mayores a lo que las comisiones vecinales reciben, entre otras estrategias para apropiarse del dinero público.
Hay que recordar que las obras habilitadas pomposamente por los intendentes (y gobernadores), la buena imagen que se ganan y hasta el dinero que “desaparece” entre sus manos, en realidad son gracias a que paradisiacas zonas de nuestro país se inundaron con las represas de Itaipú y Yacyretá y a que Brasil reconoció –en parte– que recibía casi regalada el excedente de la energía producida por el Paraguay.
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