Hay en todo ello, tanto en las declaraciones del Cartes como en las reacciones a favor o en contra, un error de concepto. Por definición en el sector privado no puede haber corrupción. En el sector privado puede haber, en todo caso, corruptores y, por supuesto, hay avivados, delincuentes y mafiosos de todos los calibres; pero no corruptos, puesto que para ejercer la corrupción es condición imprescindible abusar del poder y la autoridad que confiere un cargo en propio beneficio.
Unos años atrás, el entonces presidente Nicanor Duarte se hizo eco de una vieja frase hecha que dice que “la corrupción es una danza que se baila de a dos”. Dije entonces que en el sector privado puede haber (y sin duda hay) corruptores y cómplices de la corrupción, pero sobre todo víctimas, que a fin de cuentas son la gran mayoría de los ciudadanos.
Siguiendo la comparación, si la corrupción fuera un baile, la discoteca y la música la pone el sector público que, por supuesto, también es el que reparte las invitaciones y decide quiénes están y quiénes no invitados a participar de la farra, una farra que por cierto, a fin de cuentas, la pagamos todos y muy cara.
Puedo entender que el presidente Cartes, que proviene del sector empresarial, haya querido dar a la ciudadanía y a sus colegas el mensaje de que es el presidente de todos los paraguayos y no habrá privilegios ni miramientos con sus colegas. No es saludable, sin embargo, confundir el delito privado con la corrupción pública.
Mientras la corrupción esté enquistada en la administración y sea impune en la gran mayoría de los casos, siempre encontrará personas y organizaciones a las que convencer de ser cómplices o inclusive a las que obligar, mediante el uso del poder y la autoridad que detentan los funcionarios corruptos, a someterse a la acción corrupta.
Digamos que –por poner un ejemplo sencillo– se paga una coima para evitar una multa de tránsito. Sin duda el conductor es cómplice del acto de corrupción, pero más que nada es su víctima. El conductor sabe positivamente que la opción no es pagar coima o pagar multa, sino que el agente tiene suficiente autoridad para crearle infinitos inconvenientes si decide pagar legalmente y no es infrecuente que, para solicitar la coima, ni siquiera exista en realidad una infracción de tránsito.
Me dirán que es un ejemplo de poca monta, pero aproximadamente así funciona también en otros ámbitos que mueven mayor volumen de dinero. Las licitaciones son un buen ejemplo de ello: ¿Qué posibilidades tiene de ganar un licitante honesto, si la licitación es corrupta? Lo único que conseguirá es perder tiempo, dinero, esfuerzo y hacerse mala sangre, cuando entiende que otros habían “ganado” de antemano.
Enfocar la corrupción desde la idea de que sin la participación privada sería imposible es un grueso error de concepto; pero sobre todo es un mal enfoque para luchar contra la corrupción, porque divide responsabilidades que no están divididas y confunde causas con efectos. Si en el sector privado hay cómplices de la corrupción es porque el sector público es corrupto. De ninguna manera al revés.
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