La escena corresponde a “La naranja mecánica” (Stanley Kubrick, 1971) cuyas escenas causaron tanto escándalo e indignación como el libro en que se basaba el escritor inglés Anthony Burgess (Manchester, 1917 – Londres, 1993). Publicada en 1962 se conmemoran ahora los cincuenta años de su aparición. Con tal motivo, el periódico español “El País” publicó días atrás, en su suplemento literario “Babelia”, un texto hasta ahora inédito en castellano: “La condición mecánica: segundo borrador” que data de 1973 (“La condición mecánica”, diario “El País”, sábado 27 de octubre de 2012) donde Burgess se refiere no tanto de su famosísimo libro, sino pone énfasis en el valor de la libertad y la capacidad del hombre de decidir por sí mismo, en contra del determinismo de otras sectas cristianas como el calvinismo y el luteranismo para terminar denostando contra las corrientes conductistas de la psicología.
Muchos vieron en la película la expresión más excelsa de la rebelión juvenil de los años 60. Alejada de su época, desprovista de la hojarasca que se le podría haber adherido a causa de las modas de entonces, hoy recupera toda la fuerza de su denuncia y el grito de alerta frente a un Estado poderoso capaz de transformar la conducta de sus ciudadanos ya sea por aversión o no aversión. En este caso se optó por lo primero: Alex, un adolescente violento es sometido a una experiencia que, de resultar, permitiría a la sociedad recuperar delincuentes en un par de semanas sin grandes gastos para la seguridad social. Médicos de la cárcel en la que guarda reclusión, inyectan al joven una sustancia que le produce náuseas espantosas mientras es obligado a ver escenas de sexo y violencia. Hasta que se le crea un reflejo condicionado que hace que, ante un acto de violencia, o la posibilidad de tener sexo con una joven atrayente, Alex sufra náuseas convulsivas. La terapia anuló en él no sólo sus sentimientos perversos, sino también toda su fase positiva ya que las películas de violencia poseían música sinfónica que el paciente termina relacionándola con la música de Beethoven por la que sentía una verdadera pasión. Burgess dice que en este caso el Estado ha ido demasiado lejos al dejar fuera del alcance de su víctima “todo un mundo de bondad no moral, la visión del orden paradisiaco que trasmite la gran música”. Y concluye que “es mejor ser malo por decisión propia que se bueno por un lavado de cerebro científico”.
Proveniente de una familia católica admite no ser muy devoto pero sí haber estado fuertemente marcado por esa tradición religiosa a la que le atribuye su oposición a todo tipo de determinismo del ser humano. “El Estado moderno, dice, tanto en un país totalitario como en un país democrático, tiene demasiado poder, y seguramente hacemos bien en tenerle miedo”.
El libro de Burgess generó tal malestar en Inglaterra que sus editores se vieron obligados a pedirle al autor que suavizara el final con un agregado donde Alex, superado sus instintos violentos, va camino a integrarse a la sociedad; final que no aparece en la edición en español ni en la americana.
El título elegido para su libro completa el paisaje: “tan extraño como una naranja mecánica” era una vieja expresión “cockney” (lenguaje popular, como el lunfardo), que “implica una rareza o una extravagancia tan extrema que subvierte la naturaleza”. La vida de su personaje Alex se le presentaba de la misma manera: como una subversión de la naturaleza. Y así la narró.
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