La muerte, el último límite del hombre, ha sido vencida.
La Resurrección de Cristo no es apenas un milagro, como la resurrección de Lázaro.
Pues sería absurdo que Cristo resucite para volver a una vida que siguiera teniendo como término la muerte.
La Resurrección de Cristo no es el regreso a una vida mortal. Es la vuelta a una vida sin tumba.
La resurrección no es tampoco un hecho científicamente comprobable. Si se tratase simplemente de un fenómeno de regeneración de células, este hecho no transformaría la vida de nadie, así como no transforma una reacción química. No es tampoco un hecho verificable por huellas materiales, ni documentos elaborados científicamente, pues Cristo se manifestó solo a los que creían en él. Y nosotros solo conocemos y creemos en la Resurrección con la fe con que creyeron en ella sus íntimos.
¿Es esto disminuir la credibilidad y la importancia de la Resurrección? Al contrario, es darle su verdadera y única dimensión, la fe.
¿Qué sentido tendría la Resurrección de Cristo si se apoyara en un análisis biológico de laboratorio o en el dato atestiguado del sepulcro vacío o, incluso, en la declaración de Tomás jurando haber metido sus dedos en las llagas?
Jesús resucitado es captado únicamente por la fe, no por los sentidos.
Un montón de pruebas no daría la menor garantía de lo que es lo esencial de la fe en la Resurrección, a saber que Cristo no ha resucitado para obtener una prórroga para volver a morir, sino para vivir por siempre.
Hoy, al igual que aquel atardecer del Gólgota, se sigue encerrando en la tumba de los poderosos el clamor de los hombres condenados a la cruz del hambre, de la injusticia, de la prepotencia.
Pero todas las fuerzas del terror y la muerte jamás impedirán la liberación del hombre después de que Cristo haya removido para siempre, la loza de la tumba del domingo de Pascua para ondear la bandera de la verdadera libertad.