En estos días llovieron los colores patrios a lo largo y ancho de nuestra geografía. Es de suponer que fueron la expresión patriótica en recordación de nuestra independencia. Está bien que así sea, pero sin olvidar que tenemos cuentas pendientes con los próceres, con sus ideales, con sus propósitos, con sus intenciones. En este orden sobresale la educación del pueblo.
La Junta Gubernativa, presidida por Fulgencio Yegros, dio a conocer el 6 de enero de 1812 el proyecto que le animaba para encauzar al Paraguay hacia el desarrollo material e intelectual. En un párrafo de la iniciativa se lee: “Todo depende en el hombre de la instrucción: poder, valor, heroísmo y cuanto puede elevarlo en esta vida sobre el común de los mortales; todo está inspirado, fomentado y promovido por la buena educación”.
El 8 de enero de 1812, una asamblea constituyó la Sociedad Patriótica Literaria, a la que se encomendó la instrucción pública. La Junta Gubernativa dispuso la obligatoriedad de la enseñanza, la primera conocida en el continente. La otra medida fue la instalación de una biblioteca pública para la que se ordenó la compra “de un grande y crecido acopio de libros” que serían adquiridos en Buenos Aires.
¿Cómo estamos hoy de aquellos propósitos de elevar al ciudadano, mediante la educación, “sobre el común de los mortales”?
Naturalmente, no podemos comparar nuestra época con la de hace 200 años, pero tienen en común la idea de que “todo está inspirado, fomentado y promovido por la buena educación”. Y es en este punto en el que las penurias de antes se tocan con las de ahora. Seguimos en la necesidad de fomentar y promover – “por la buena educación”– una sociedad distinta a la de hoy; una que se preocupe más por los intereses nacionales y por lo menos disminuya la cantidad de obstáculos que impiden nuestro avance intelectual y material.
Desde siempre, mayoritariamente, nuestros gobernantes se han despreocupado de la educación de su pueblo porque ella misma fue, y es, el producto de esa misma desidia que de esta manera se eterniza.
Solemos preguntarnos cómo un ciudadano con título universitario puede dar tan malos ejemplos cívicos y morales; cómo desde la función pública daña la imagen de las instituciones democráticas; cómo no intenta superar su fanatismo partidario que le induce a la exclusión de sus compatriotas por pensar distinto. La respuesta está en que se llega a la universidad con las mismas orejas largas de la primaria y de la secundaria.
En una conferencia sobre “Democracia y Universidad” que ofreció en la Complutense, de Madrid, el premio nobel José Saramago, dijo: “Si en la escuela primaria está mal, si la enseñanza media está mal ¿cómo aspirar a que se resuelva de golpe el problema en el último tramo? Es como si el hecho de haber entrado en la universidad, tantas veces sin la preparación suficiente, fuera la condición necesaria para que el milagro se produzca”.
Entre nosotros el milagro se da con analfabetos funcionales que ocupan cargos públicos reservados, en los países serios, a personas ampliamente preparadas técnica y moralmente.
Está bien lucir en el pecho los colores patrios, enarbolar banderas en los desfiles, arrodillarse en el Te Deum, pero el mejor homenaje a nuestros próceres es releer el documento del 6 de enero de 1812 y llevar a la práctica los propósitos que les animaron. Seríamos un poco más patriotas, nos interesaríamos más en el estudio “para elevarnos en esta vida sobre el común de los mortales” y capaz también que la rapiña no vacíe con tanta impunidad las arcas del Estado.
Si todo siguiese como hasta ahora, los ideales que sostuvieron los Próceres de Mayo serán apenas una anécdota y a nuestra muerte el Paraguay seguirá siendo el mismo que hemos encontrado al nacer.
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