Este año el investigador Robert Lustig publicó en la prestigiosa Nature Magazine un interesante artículo sobre las consecuencias del azúcar. También leemos en internet: “La obesidad provoca depresión como baja autoestima, puede desembocar en problemas de artritis, originar la aparición de diversos tipos de cáncer: colon, próstata, mama, cerviz y endometrio. Puede disminuir la fertilidad en hombres y mujeres”.
Como el tema es amplio, quisiera centrarme en las gaseosas, atendiendo una noticia que dice que la Junta de Salud de la ciudad de Nueva York votó a favor de una propuesta que prohíbe la venta de bebidas azucaradas en envases de más de medio litro en restaurantes y otros establecimientos.
Mientras, aquí en Paraguay, crecen las ofertas de gaseosa en botellones cada vez más “familiares”. El creciente consumo de esta bebida está considerado por la OMS como uno de los responsables del crecimiento de la obesidad y de la diabetes, además de las caries.
Es preocupante cómo el ser humano le toma el gusto a los malos hábitos; se pone de moda ir al gimnasio y a la vez se facilita la vida sedentaria, consumición de grasas, sal y azúcar, pero muy poco de minerales, vitaminas y otros nutrientes.
Las gaseosas, así como se logró con los cigarrillos, deberían tener un sello de advertencia sobre el daño a la salud.
¿Pasará que los grandes intereses económicos no tienen consideración con la población? El débil argumento “el cliente decide”, es hora de ponerlo duda, en tela de juicio, en red de análisis, si queremos instalar la meta de una sociedad saludable.
El neuromarketing, al que se le llama “la conquista del inconsciente”, es clave, trabaja sobre las creencias y percepciones del consumidor, una vez cambiado lo que este cree, cambian las conductas.
Los pueblos latinoamericanos son esencialmente emocionales, ese es el eje sobre el que se basa la publicidad. En Europa las gaseosas están reguladas y desde hace tiempo son cuestionadas por provocar enfermedades. Por casa auspician todo tipo de evento como si fueran parte esencial de la vida. La obesidad es uno de los reflejos de la decadencia física y también una demostración de la jamás iniciada educación popular del desarrollo de la decisión. El problema de salud es tan grave que hay gente que dice “no poder” beber agua en vez de gaseosa, y en este esquema macabro, bebés que son enviciados y mal nutridos desde la mamadera con lo artificial.
El éxito de la palabrita anglosajona “light”, en nuestro tema central de hoy, no es más que una simulación de cosa dietética para dejar la conciencia del obeso en paz. Aunque efectivamente estas bebidas tienen casi nada de calorías, no son menos perjudiciales, porque los que las beben pensando que están lejos del engorde, se vuelven adictos a lo light y van creando lentamente una reserva extra de calorías.
“Lo que uno cree es lo que cambia el mundo”, dicen los especialistas en marketing y no se equivocan. ¿Pero todos consensuamos el cambio?
Dejar la gaseosa es un gran paso hacia la salud y el ahorro. Nos queda deducir la respuesta de por qué siendo un país privilegiado en frutas deliciosas, estas bebidas artificiales arrasan. Triste realidad la nuestra, tener todo a favor y no saber aprovecharlo.
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