Los que deberían representar y defender los intereses ciudadanos están embelesados por los beneficios del poder y hacen todo lo que sea necesario para mantenerlo.
La pelea por el poder no está mal, forma parte de la vida política. El problema es que no solo otorga beneficios, sino también reparte responsabilidades y esa es la parte que los dirigentes políticos no aceptan. Para ellos solo existe la discusión tangencial, esa que permite obtener beneficios personales y ayuda a sostener los privilegios.
Hoy todo, o casi todo, el debate político gira en torno a la reelección presidencial. El presidente electo de los colorados adelanta que ese será el gran tema en los próximos meses; la presidenta de la Corte Suprema anuncia que podrían pronunciarse sobre la cuestión y el expresidente Fernando Lugo ya hace campaña como si la reelección estuviera habilitada.
Y todo ese debate tiene sentido en el mundo de la dirigencia política. Para los oficialistas habilitar un segundo mandato presidencial puede significar mantener los privilegios que ahora disfrutan. Para los opositores que se alinean detrás de Lugo es la imperdible oportunidad para intentar recuperar beneficios perdidos. Por eso para los políticos es tan importante la reelección.
Hace mucho tiempo que los líderes partidarios dejaron de lado las discusiones de fondo. Nadie debate un proyecto a largo plazo, nadie discute un Paraguay de aquí a cincuenta años.
El Congreso, que debería ser el altar de la democracia donde los representantes más genuinos de los diferentes puntos del país proyecten el desarrollo de la Nación, se convirtió en un lugar de comadres, donde cada uno utiliza su pequeño pedazo de poder para algún beneficio.
El quehacer político se ha limitado al negocio simple para obtener algún beneficio económico o para sacar ventaja de alguna coyuntura.
La vida del ciudadano corriente es bastante diferente. El día a día transcurre entre la grosera ineficiencia de la ANDE que los obliga a tener que buscar algún refugio del atosigante calor, calles rotas e instituciones que cada vez son más ineficientes. Sus muchos reclamos no encuentran una respuesta.
Este divorcio entre las necesidad de la gente y los intereses de la clase dirigente en el último tiempo está generando una profunda brecha.
Los grupos políticos dejaron de ser los portadores de las necesidades ciudadanas como lo fueron en algún tiempo. Pasaron a convertirse en aceitadas maquinarias electorales que cada cierto tiempo se utiliza para disputar el poder y mantener los privilegios. Pasado ese tiempo los partidos políticos se convierten de vuelta en cementerios que serán visitados solamente en la próxima contienda partidaria.
Esta senda paralela está llevando directo a la destrucción de la clase política. La dirigencia de los partidos, absolutamente autista, no sintoniza con las necesidades de la población. Y los electores cada vez buscan con más ganas nuevas alternativas para poder encontrar respuesta a sus reclamos.
Pasaron los tiempos del caudillismo, de líderes fuertes o de amor a colores y símbolos. Tampoco alcanza el reparto de prebendas o la compra burda. Son tiempos de resultados, de reencuentro con la gente y sus necesidades. Quienes mejor comprendan eso habrán dado el primer paso.
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