No se trata de la necia negativa a aceptar cualquier cambio, por mínimo que sea. Sería tonto y absurdo desconocer que el mundo evoluciona a cada instante y que hay cambios constantes en todas las esferas de la vida humana. El conocimiento genera inventos que transforman las modalidades de convivencia de la sociedad contemporánea.
Pero hay condiciones existenciales del ser humano que traspasan los siglos, que son transversales a las distintas culturas y constituyen la espina dorsal e inmutable de la civilización: las ansias de libertad, la dignidad de cada persona, el ideal de la igualdad, el afán de justicia, el deseo del progreso y bienestar, el amor como el sentimiento más sublime, la solidaridad con los más necesitados, etc.
Pese al atractivo de tan interesantes valores, el ser humano coquetea con ciertas modas e innovaciones que conspiran contra su propia felicidad, contra su integridad como persona porque, con frecuencia, no puede distinguir entre lo que le hace bien o le hace mal.
Durante siglos hemos ido fortaleciendo el concepto de familia en la sociedad, con las figuras del padre, la madre y los hijos. Hoy nos hablan de “matrimonio igualitario”, de “diferentes clases de familias” y de la determinación del sexo como una opción.
Siempre quisimos que los chicos aprendan a leer y escribir. Hoy, el lenguaje audiovisual no requiere estudio alguno y los mensajitos en celulares están crucificando el idioma. Redactar un buen texto es la excepción y no la norma.
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“Pienso, luego existo”, ya decía el filósofo Descartes hace 400 años. Pensar y obrar en consecuencia son acciones privativas y trascendentes de la raza humana. Sin embargo, en la agitada y tecnológica vida moderna, miles de mensajes diarios nos instan a actuar sin pensar. Compramos comida chatarra, vemos televisión basura, votamos a políticos corruptos, aplaudimos a bufones grotescos, agradecemos a quienes nos sacan la plata del bolsillo, consumimos drogas que nos queman el cerebro, etc.
Cuántas batallas hemos librado para tratar de que los hombres seamos iguales en dignidad, en derechos y en tener oportunidades para el progreso personal y familiar. A contramano de ese ideal, persiste la enorme brecha entre los pocos que lo tienen todo y los muchos que nada poseen.
Como civilización humana y como sociedad, aún caminamos a tropezones, sin saber bien qué hacer ni hacia dónde ir. No es un gran consuelo saber que hay otros que están peor que nosotros. Los líderes políticos y los formadores de opinión pública tienen la enorme responsabilidad de tomar la linterna de Diógenes y ponerse a buscar a los hombres honestos y capaces para mejorar la vida de nuestra gente.
Ilde@abc.com.py