¡Qué signo de los tiempos!

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Que un latinoamericano ocupe el sillón de San Pedro en el Vaticano significa, en lenguaje de los cristianos, un “signo de los tiempos”, es decir, una manera concreta de cómo Dios indica a su pueblo cuál es su deseo y cuál es el camino que debe seguir la Iglesia Católica en la actualidad.

Para los creyentes, la elección del Papa Francisco no es un acontecimiento más, fruto de las circunstancias sociales y políticas que operan en Roma. Quien escogió a Bergolio es el mismo Dios a través de la presencia del Espíritu Santo en el corazón y en la mente de los cardenales reunidos en cónclave.

A través de la figura elegida, el Señor manifiesta su deseo de una Iglesia radicalmente más humilde, más sencilla, más identificada con los pobres y con los que sufren en un mundo signado por las desigualdades y las injusticias sociales.

Los gestos de humildad realizados por Francisco señalan una opción preferencial por el servicio a la humanidad, a los feligreses de todo el mundo, a los más necesitados, en sustitución de un papado muy cercano a la realeza, al oropel de los príncipes, a los símbolos del poder terrenal.

La elección de un Papa que proviene “del fin del mundo” visibiliza a las naciones más pobres del planeta, a las regiones habitualmente marginadas, a un Sur que también existe. Esto tiene implicancias mucho más profundas que únicamente el aspecto religioso. La asunción de Francisco recuerda a los poderosos del mundo que los morochitos, negritos y amarillos de los pueblos sureños somos iguales en dignidad y en capacidad que los blanquitos del Norte.

No será fácil ni liviano caminar con el peso que conlleva conducir los destinos de una iglesia que congrega a 1.200 millones de personas en los cinco continentes. Múltiples y graves problemas de distinta naturaleza caerán sobre los hombros de este gran admirador de San Francisco de Asís. La intrincada maraña de poder de la Curia Romana, la falta de trasparencia de las finanzas del Vaticano, las denuncias de encubrimiento de sacerdotes pedófilos, la migración de católicos hacia otras religiones, la expansión de una cultura moderna secularizante que concibe al mundo sin Dios, la sabiduría y la firmeza necesarias para no confundir opción por los pobres con preferencias político-ideológicas, etc. son apenas algunos de los grandes desafíos que demandarán la acción y la oración del nuevo Papa.

Las primeras palabras de Francisco, aún emocionado tras conocer su nombramiento, instaron a todas las personas a rezar unas por otras, en un llamado vehemente a la fraternidad universal, siguiendo el primer mandamiento de amarnos los unos a los otros como Jesucristo nos ha amado.

Ha tomado el timón del Pescador de Hombres un hermano nuestro de la Argentina. Ojalá el sucesor directo de Pedro pueda conducir la barca de una Iglesia renovada, restaurada y reencontrada con su misión fundamental de anunciar al mundo que Dios se hizo hombre para salvarnos y conducirnos de vuelta junto al Padre. Dos mil años de historia están ahora en manos de un humilde hijo de inmigrantes, nacido en el barrio Flores de Buenos Aires. ¡Qué montañas mueve la fe!