Reflexiones para un tiempo de colapso espiritual

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Según Tucídides la historia se repite con lacerante dramatismo y severidad. Jesús lloró por Jerusalén y los mártires del circo romano lloraron por Roma que también fue destruida por dentro a causa de sus perversiones y severas iniquidades. Los mártires cristianos predicaron la verdad en el opresivo sistema político y religioso donde millares de cristianos fueron a dar sus vidas por amor a Jesucristo. El poderoso imperio se hundía así bajo el espeso fango de la corrupción y la disolución total.

Los mártires cristianos fueron torturados, flagelados y quemados en la hoguera por tratar de establecer una religión nueva, la única divina y verdadera que brillaba como una luz radiante dentro de ese negro y denso mundo de las tinieblas y del hedonismo. Era la religión de quienes habían adorado al que no tenía donde reclinar su cabeza por la extrema pobreza que suscribía su humilde y sencilla vida, que murió en una cruz que no era suya, que fue sepultado en una tumba de propiedad ajena, que pidió una moneda prestada cuando dijo “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, que le cedieron un aposento alto para celebrar la última cena, que estuvo en el monte de la transfiguración con sus tres discípulos –Juan, Pedro y Jacobo– felices en compañía de Cristo, Moisés y Elías, pero que se durmieron en la dura prueba del Getsemaní, y que a pesar de todo recibieron la bendición del Espíritu Santo en Pentecostés. Fueron batalladores de la fe, simples pescadores que blandían la espada del Espíritu a los que luego se sumaron millares que fueron muriendo sistemáticamente, pero cuya semilla de fe fue germinando en incontables corazones que a su vez entregaron sus vidas por la Causa de la Redención.

Con el trascurso del tiempo ese imperio pagano por obra de un gran milagro se convirtió al cristianismo en el tiempo de Constantino, dejando atrás definitivamente los altares de Júpiter donde también brillaba la figura del emperador deificado y santificado en los tiempos de la decadencia romana. Definitivamente se impuso la religión del amor, del dominio de las pasiones, de la humildad, de la bondad, de la caridad, de la penitencia, de la tolerancia, de la concepción de un Dios trascendente de perdón pero también de justicia. Era un nuevo Creador sentado en el trono de gloria, más hermoso que todos los tronos engalanados con oro, concebidos aquí en la tierra. Una nueva doctrina que priorizaba el espíritu y los bienes eternos sobre los presentes. En Roma terminaron las exhibiciones teatrales de las saturnales y los espectáculos circenses donde los gladiadores iban a ofrendar sus vidas a los Césares en un gesto de abyecta sumisión que no tiene paralelo en la historia universal. Trocar esa forma de vida tan mundana y superficial que otorgaba supuestamente mucha alegría, licencia para todas las perversiones imaginables, en un festín interminable de entenebrecidas bacanales, por otra vida espiritual era realmente intolerable para aquel poderoso centro mundial.

Hoy el mundo se ha desbarrancado hacia el mismo abismo insondable de la transgresión y del pecado, inventando sofisticadas distracciones, rituales sociales que superan ampliamente a los exhibidos como evasión y escapismo en la Roma imperial. La civilización del espectáculo diario no se circunscribe hoy a un coliseo o algún teatro en un sitial geográficamente determinado sino que discurre por todas las formas virtuales posibles, contaminando el aire que respiramos, espiritualmente hablando, haciendo de nuestra existencia un mero instrumento de la sociedad de consumo más alienante que todas las otras formas de conducta que precedieron a la civilización del presente.

Hoy como nunca, al lado de ese mundo fascinante de riqueza exuberante y de placeres exóticos coexiste la pobreza extrema en muchas regiones del mundo. Cada cinco segundos muere un niño de hambre, sin que la sociedad mundial se propusiese paliar tan solo en parte este flagelo monstruoso, producto de la mala distribución de las riquezas. Hoy se destina mucho más en equipar al mundo con armas atómicas y convencionales que en proveer educación y cultura para que este planeta no sucumba bajo el peso de sus locuras y sus culpas. Se gastan más de 900 mil millones de dólares anuales en la exaltación de la “cultura de la muerte” que ha inficionado la tierra con más de 20 mil ojivas atómicas capaces de destruirla muchas veces. El hombre de hoy a diferencia del de antes, por efecto de los gases tóxicos emitidos a la atmósfera ha producido la ruptura de la capa de ozono, daño irreparable que está causando el calentamiento global y como consecuencia de ello el desprendimiento de grandes bloques de hielo en los polos apeligrando la propia supervivencia de la especie humana en el planeta.

La voz del amor es la única que puede hacer acallar los aullidos estridentes, disonantes y amenazantes de varios protagonistas de la historia política de nuestro tiempo. El retorno a la vida sencilla y humilde del Galileo es la única salida a esta situación que para muchos científicos y especialistas ya conlleva un camino sin retorno. Se escuchan trompetas que alertan a una nueva guerra como si ya los jinetes del Apocalipsis estuviesen prestos y decididos a salir rápidamente a escena. No va ser una carrera de caballos como se veía en el Coliseo Romano pagano, sino una andanada inconmensurable de misiles atómicos que serían capaces, según las profecías, de ocultar el sol bajo una densa nube de presagios inimaginables.

Es la reflexión que tendríamos que hacer todos los seres pensantes de esta tierra a los 2000 años del sacrificio en la cruz y la resurrección triunfal que trata de instaurar un mundo de paz, hermandad y amor.