Hasta hace algunos años era verdad el dicho de que somos lo que leemos; hoy eso es bastante cuestionable no solo porque es poco lo que leemos, sino por el mediocre contenido de los textos y, sobre todo, porque muchos miembros de las nuevas generaciones no leen nada, excepto alguna fotocopia para exámenes o algún “corta y pega” de Internet.
Es preocupante saber que millones de niños crecen sin saber nada de los cuentos del Patito Feo, Caperucita Roja, Heidi, El Principito, etc. O adolescentes que no suspiraron con Romeo y Julieta, con Alicia en el país de las maravillas, La vuelta al mundo en 80 días o los poemas de amor de Bécquer, de Rubén Darío o Neruda. Ni qué decir si se perdieron las novelas de García Márquez, de Vargas Llosa, de Roa Bastos, de Casaccia, o las denuncias sociales de Rafael Barrett y Eduardo Galeano.
Cómo comprender el mundo de hoy si no leímos las atrocidades cometidas por el asesino de pueblos llamado Hitler, el genocidio de los pueblos aborígenes de América, la demencial caza de esclavos en África, las guerras por los pozos petrolíferos, el exterminio de paraguayos en la Triple Alianza, el racismo imperante en la Europa moderna, los estragos causados por diversas drogas, etc.
Los buenos libros nos permiten conocer nuestro pasado, comprender nuestro presente y hasta anticipar el futuro. Es difícil comprender lo que pasa en nuestro continente sin leer “Las venas abiertas de América Latina”. Es más fácil captar la esencia de las dictaduras sudamericanas si leemos “Yo el Supremo”. Si el objetivo es conocer cómo es el paraguayo pueblerino, una gran ayuda es hojear “La Babosa”.
No es que los libros vayan desapareciendo. Por el contrario, cada vez hay más producción de textos. Lo que sucede es la proliferación de autores “best sellers” que utilizan variantes de la misma fórmula: intriga, suspenso, acción, mucho sexo y violencia, con personajes de poder y dinero. Luego están miles de títulos sobre autoaprendizaje, basura ideológica y métodos infalibles para ser felices o adelgazar.
En la franja de los semianalfabetos de poca plata, circulan los periódicos con poco texto y muchas fotografías de muertos descuartizados, mujeres semidesnudas y chismes pornográficos. En este tipo de lectura hay poco lugar para la imaginación, todo está a la vista.
Quizás hoy somos lo que no leemos, lo que simplemente vemos en la tele o en la computadora. Otros preparan el guiso que comemos sin saber siquiera sus ingredientes ni sus efectos. Solo una buena educación puede abrir el apetito por el placer de la lectura que pone a trabajar a las neuronas del cerebro.